Las utopías de Osvaldo Bayer

“Necesitamos idealismo y honestidad para empezar a caminar”

El historiador, periodista y escritor, en una extensa entrevista con La Pulseada, remarca la necesidad de creer en las utopías, hace un breve recorrido por su historia de lucha y militancia, analiza la actualidad y asegura que los postulados de una verdadera democracia deben ser: “nunca más niños con hambre, nunca más gente sin trabajo, nunca más villas miseria. Basta de especuladores, de dueños de la tierra, los medios y la riqueza”.

 

 

 

La sensación es rara. Desde aquí, desde el frío y la humedad del invierno platense, salen las preguntas. Desde allá, desde el suave verano alemán, con temperaturas que rondan los 25 grados, Osvaldo Bayer envía las repuestas. Más de 11 mil kilómetros separan un punto del otro. El puente: Internet. Un vínculo virtual de correos electrónicos que van y viene con la rapidez que entrevistado y entrevistador dispongan.

Todos los años Bayer pasa dos meses del verano europeo –julio y agosto- en una pequeña ciudad de difícil pronunciación (Linz am Rhein), a orillas del río Rin, en el Estado del Rin-Palatinado. Allí, pasa los días junto a su mujer, Marlies, muy cerca - a unos diez minutos – de su hijo mayor Udo, su nuera y tres de sus diez nietos. Sus otros dos hijos varones -Cristian y Esteban- también viven en Alemania y su hija Ana, en Treviso, una ciudad del norte de Italia. A pesar de sus 81 años, Bayer no ha tenido problemas para adaptarse a las nuevas tecnologías y a este tipo de entrevistas. “En la década del ‘50 -recuerda-, cuando trabajaba en Noticias Gráficas, los antiguos redactores escribían sus notas primero a mano y luego las pasaban a la máquina. Los jóvenes, nos reíamos al verlos. Luego, en Alemania, en el exilio, en seguida me adapté a la computadora que fue, sin dudas, un paso increíble. Un mundo nuevo. Tal vez no mejor, pero sí nuevo”.

Historiador, periodista, autor del libro que retrata las masacres obreras producidas en la Patagonia Argentina a principios del siglo XX (La Patagonia Rebelde), Osvaldo Bayer siempre ha estado comprometido con la causa de los trabajadores, de los pueblos originarios y de los que menos tienen. Esto lo llevó a vincularse con personajes como Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Haroldo Conti y El Che Guevara, pero también a ser perseguido y tener que vivir en el exilio durante la última dictadura militar.

Un libro abierto de trabajo, coherencia y compromiso, Bayer hace un breve recorrido por los años de mayor ebullición política de nuestra historia y un análisis de la situación actual de nuestro país.

 

-En algunas notas señalan que usted es socialista; en otras que es anarquista. ¿Tiene una autodefinición sobre su posición política o prefiere dejar de lado las etiquetas?

-Después de mis experiencias juveniles, tanto en la Argentina como en Alemania, decidí volcarme al socialismo libertario. Creo que la única salida para un mundo racional, equitativo, sin guerras, donde el cuidado de la naturaleza sea un imperativo ético, con trabajo y vivienda para todos y sin ejércitos: ese dinero, para la ciencia. Para llegar a eso, el socialismo en libertad. Ninguna dictadura, ni elecciones poniendo el voto “secreto”. La asamblea y representantes y no mandatarios. Una verdadera democracia donde nadie sea dueño de la tierra ni de sus productos, sino que todo sea repartido de acuerdo a sus necesidades. Si el mundo, en todas las épocas hubiera gastado su dinero en las ciencias y no en las guerras, este planeta ya sería un verdadero paraíso.

-¿Por qué en las décadas del ´60 y ´70 prefirió comprometerse, pero por fuera de las grades organizaciones como ERP o Montoneros?

-Porque siempre fui consecuente con el no a la violencia, aunque comprendo cuando los pueblos recurren a ella, desde abajo, cuando son oprimidos. En esa época, luché para seguir el ejemplo de Agustín Tosco y el “Cordobazo”. El salir a la calle con el pueblo, la razón contra la opresión. No a las armas. Pero mi voz no fue escuchada y así perdimos lo mejor de nuestra juventud. Y esos amigos maravillosos, que estaban por la lucha armada, los mejores de nuestra generación: Rodolfo Walsh, el Paco Urondo, Haroldo Conti... Para mencionar sólo a tres de los miles que cayeron bajo la sinrazón de la ignominia de la dictadura militar y de la miserable y cobarde Tres A de López Rega. Yo no estaba de acuerdo con la guerrilla ni urbana ni rural, pero hice todo lo posible para defender a los perseguidos y desaparecidos.

-¿Recuerda el encuentro que tuvo con El Che en Cuba?

-Fue en La Habana, aniversario de la Revolución, en 1961. Viajé con la madre del Che, por Chile, con otros cuatro argentinos invitados. Recuerdo que en esa delegación estaba la escritora Sara Gallardo, fallecida años después, tan joven. La autora de la novela “Los galgos, los galgos”, muy buena. A los tres días de llegar a La Habana, el Che nos dio una entrevista que duró dos horas y cuarto. Nos citó para ello a las diez de la noche, en al Banco de la Industria, donde tenía su despacho. La exposición con el Che fue una experiencia inolvidable. Era un ser muy atractivo, simpático y hablaba una mezcla de argentino-cubano que le caía muy bien. Nos relató cómo había que hacer la revolución en la Argentina, durante dos horas. Nos dio todos los detalles: guerrilla en las sierras de Córdoba, era su consejo clave. Nos detalló cómo iba a ser la lucha. Había pensado en todo. Nos habló del triunfo final, con el rostro iluminado. Cuando terminó nos invitó a hacer preguntas. Fue allí que yo cometí tal vez el más grande error de mi vida. Le dije: “compañero Che, nos has hablado con todo detalle de las acciones en sí de la guerrilla, pero nada nos has mencionado de la represión. En la Argentina -añadí- están las policías bien armadas, la gendarmería, el ejército con sus tanques, la armada con su infantería de marina preparada –en aquel tiempo- para acciones antiguerrilleras, y la aeronáutica, más los servicios de informaciones”. Cuando terminé de hacerle esa pregunta hubo un silencio de tensa expectativa. Recuerdo la mirada del Che. Me miró prolongadamente con inmensa tristeza y me contestó sólo con tres palabras: “son todos mercenarios”. Nada más. Yo pensé, claro que son todos mercenarios los de uniforme, pero disponen de las armas más avanzadas y quieren hacer mérito. Pero, en ese momento, me arrepentí de haberle hecho esa pregunta. Porque yo, en sí, no había hecho ninguna revolución. Él, sí. Y medité: tal vez para hacer una revolución no hay que preguntarse primero acerca de la represión, porque como siempre es más poderosa, por todo su aparato, que la guerrilla. Me dije a mí mismo: me equivoqué, ¿se puede, acaso, hacer una revolución pensando en el máximo de seguridades? Nunca más me voy a olvidar con la tristeza que me miró el Che. Un grande, un poeta romántico de la lucha de los pueblos.

-En esa época conoció a “La Pirí” Lugones, hija del comisario “Polo” Lugones, inventor de la picana eléctrica y nieta del escritor Leopoldo Lugones, miembro de la Liga Patriótica (grupo que atacaba a trabajadores). Sin embargo, ella rompió con esa familia y se unión a grupos revolucionarios ¿Qué nos puede contar de esta mujer?

-A Pirí Lugones la recordaré siempre. Su fuerza increíble, su coraje, su valentía. Es increíble la fantasía que tiene la realidad. A ese padre le salió una hija guerrillera por los derechos del pueblo. Cuando se me presentó –era en ese tiempo la pareja de Rodolfo Walsh- me dijo: “Soy la Piri Lugones, la hija del torturador Lugones”, así de simple. Quedé conmocionado, lo único que le faltaba era agregar: sí, del inventor de la picana eléctrica. Los torturadores y los genocidas no se dan cuenta que sus hijos pueden llevar el dolor de la vergüenza para toda la vida. Años después, nos encontramos y tuvimos una larga charla. Ella no veía otra salida que la lucha armada. ¡Cómo traté de convencerla con la teoría del “espontaneísmo de las masas” y de los hechos históricos basados en esa interpretación: la revolución francesa, la rebelión de los campesinos alemanes en 1515, la revolución alemana de fines de la primera guerra mundial, la revolución rusa, etc.! Pero no la convencí. Fue la última vez que la vi. Fue detenida, torturada con la picana eléctrica inventada por su padre, y desaparecida. ¡Cuánta perversión la de los uniformados!

-¿Cómo recuerda a Rodolfo Walsh?

-Para mí, Rodolfo Walsh era el incansable, el hombre sin miedos. De un gran talento. Con respecto a sus creaciones escritas es el Borges de la izquierda. Su última carta a los comandantes es la mejor definición sobre la dictadura del 76. Y eso que, cuando la escribió, apenas había pasado un año de la toma del poder por los militares. Y su carta a Vicky, su hija, caída en la lucha, es de una ternura y una profundidad inigualables. Recuerdo nuestra despedida, en mayo de 1976, plena dictadura. Cuando Rodolfo me vio me aconsejó que saliera del país ya mismo. Lo miré azorado y le contesté: “¡mirá quién habla!” Y él, con la humildad que lo caracterizaba pronunció esto: “no, no es lo mismo, vos escribiste La Patagonia Rebelde”. Yo, más sorprendido todavía, le insistí: “¿y vos? Operación Masacre, y nada menos que te metiste con la burocracia sindical en Quién mató a Rosendo. Me dio la mano y me dijo, casi paternal -aunque los dos somos del mismo año, 1927- “no, no es lo mismo, andate ya”. Así era Rodolfo Walsh, el amigo. Integro, brillante, indomable, héroe. Los que lo mataron sean malditos hasta el fin de los siglos. Y voy a repetir mil veces lo que siempre digo: Rodolfo Walsh era el mejor de todos.

-¿Qué fue el exilio para usted?

-Fue sentir la injusticia en el propio ser. Después de la prohibición de mis libros y del film “La Patagonia Rebelde”, el exilio. Comenzar de nuevo la vida a los 50 años cuando yo ya en mi país podía vivir de mis libros, de los guiones cinematográficos, de mis artículos periodísticos, sin ser dependiente de nadie. Teníamos en aquel tiempo, en Martínez, con mi familia –mi mujer y mis cuatro hijos- una casa sencilla pero grande, con fondo, jardín y árboles donde yo también cumplía con mi vocación de plantar la vida verde y de criar aves.

Mi sueño era criar faisanes; siempre me gustó la belleza de esos extraños seres. De pronto, por voluntad del criminal López Rega y su banda y luego por los militares asesinos, tuvimos que cambiar todo y empezar de nuevo. Comenzar todo otra vez, como a los 20 años. Buscar trabajo para poder vivir. Lo que significa sufrir en ello las humillaciones. Por último, tuve la suerte de trabajar como docente y como traductor. Y a la par empleé todo mi tiempo libre para denunciar en Alemania a la dictadura militar argentina de Videla y a su método infame de la desaparición de personas. Viajé por Alemania, Holanda, Bélgica, Dinamarca y Suecia para obtener solidaridad con nuestros desaparecidos y con las Madres. Así se pasaron esos ocho años. Trabajo y lucha.

 

Vergüenzas nacionales

–¿Cómo surgió el vínculo de mutuo respeto entre usted y los pueblos originarios?

-Porque siempre estuve con mis escritos en defensa de los derechos de los pueblos originarios y, en el libro “Historia de la crueldad argentina”, denuncio al general Roca como un genocida falaz, después de un profundo estudio de la llamada campaña del desierto, donde comprobé el racismo y la brutalidad de ese militar y sus oficiales. No sólo se les quitó la tierra a esos pueblos originarios, sino que con ellos se reimplantó la esclavitud, al enviar a los hombres prisioneros a trabajar en los cañaverales azucareros tucumanos y a las fortificaciones de la isla Martín García. Y a sus mujeres como sirvientas y a los niños como mandaderos. Es el episodio más vergonzoso de nuestra historia. Y seguiré luchando hasta que el Estado reconozca ese genocidio, pida perdón a los pueblos originarios, se les reivindique el derecho a vivir en sus tierras comunitarias y se quite esa vergüenza nacional: el monumento que tiene Roca en el centro de Buenos Aires y ese asesino termine de mirarnos en el billete más caro de nuestro dinero, el de cien pesos.

-La historia que se enseña en las escuelas ha transformado en referentes a  personajes como Roca, Sarmiento o el perito Francisco Moreno, que demostraron un gran desprecio por los sectores populares y por los pueblos originarios.

-Es la historia oficial. La historia de los que se quedaron con el poder de la tierra, de un desprecio hacia los pueblos originarios como ocurrió pocas veces. Tal vez muy parecida la nuestra a la de Estados Unidos. Siempre pongo este ejemplo: en 1813, la Asamblea elimina la esclavitud dando la libertad de vientres. En 1879, Roca y Avellaneda reimponen la esclavitud en el famoso “reparto de indios”. En ese glorioso año de 1813 se aprueba el Himno Nacional con aquella estrofa bella y justa de

    

Ved en trono a la noble igualdad,

Libertad, Libertad, Libertad.

 

Setenta años después de cantar ese himno en todas las ceremonias, los argentinos esclavizan a los pueblos originarios. El propio Sarmiento entró en esa línea racista. Son innumerables sus escritos donde muestra su desprecio por el habitante original y por el gaucho, el mestizo. El perito Moreno aplicaba un método “científico” para demostrar la “inferioridad” de los pueblos que habitaban estas tierras durante siglos y así justificar la masacre.

–¿Qué resabios de esa historia marcan nuestro presente?

-Nunca los argentinos hemos tenido una verdadera democracia. En menos de un siglo de la llamada democracia hemos sido gobernados siempre por dos partidos políticos –radicales y peronistas- y por catorce dictaduras militares. Además de la “década infame”, donde los gobiernos eran elegidos por el “fraude patriótico”, expresión inventada por los argentinos y que nadie comprende en el exterior. Nuestra participación en la democracia es poner un papelito en las urnas para elegir a un candidato, que después puede variar de ideología como se le ocurra. Ejemplo: Menem, peronista, hizo el gobierno más ultracapitalista con respecto a la economía. Luego, el pueblo eligió a De la Rúa, “radical”, que puso al mismo ministro de Economía que Menem.

 

El reloj de la democracia

-¿Qué opinión tiene del último conflicto entre lo que los medios grandes han denominado el campoy el gobierno?

-En nuestro campo existe piedra libre para todo. Desde la explotación de niños en las fumigaciones hasta cooperativas agrícolas donde se respeta el derecho de todos. Lo mismo pasa en la industria donde se explota vilmente a trabajadores bolivianos y peruanos, especialmente. Es hora ya que se haga una reforma agraria fundamental en nuestro país. Se deben fomentar cooperativas de campo y delimitar de una buena vez el número de hectáreas por cada propietario. El error del gobierno fue medir a todos con la misma vara, los pequeños propietarios y los latifundistas. La Sociedad Rural todopoderosa, vio la oportunidad de hacer tambalear al gobierno no bien definido de los Kirchner. Todo fue ambigüedad, cada uno defendió sus propios intereses sin importarle la sociedad y el país. Después de la triste experiencia de la última dictadura criminal, la democracia no ha aprendido nada. Hay que democratizar por fin a la “democracia argentina”.

-¿Y cómo ve la actualidad de Argentina?

-Estamos otra vez en la hora cero. Hay que hacer, por fin, avanzar el reloj de la verdadera democracia cuyo primer postulado debe ser: nunca más niños con hambre, nunca más gente sin trabajo, nunca más villas miseria. Para lograr eso: sentirnos responsables y actuar. No callarnos la boca ni soportar las injusticias que vemos a diario. Tenemos un país inmensamente rico. Basta de especuladores y de dueños de la tierra, los medios y la riqueza. Democratizar verdaderamente esas riquezas. Y, por sobre todo, defender nuestra extraordinaria y bella naturaleza. Llegar a un país sin violencias. Y, cumplir con el sueño del gran Bolívar: los Estados Unidos Latinoamericanos. ¿Sueños, utopías? Sí, claro, pero ayudemos a dar el primer paso para por lo menos divisar esa utopía en el horizonte. Necesitamos idealismo y honestidad para empezar a caminar.

 

El regreso que no fue

“Una noche, que no olvidaré, en una cena en lo de Osvaldo Soriano, en Paris. Estábamos presentes Soriano, su esposa, Julio Cortázar y su joven compañera canadiense, Gabetta y yo. La reunión había sido preparada por Soriano porque yo le había dicho que detallaría un plan que preparé en esas semanas para el regreso a nuestro país de todos los intelectuales argentinos exiliados, todos juntos, en avión, para el día de la asunción del dictador Viola, sucesor de Videla, en 1981. La iglesia evangélica alemana nos fletaba un avión y nos acompañaban personalidades de las letras y de la política, además de periodistas de los medios europeos. Por ejemplo Günter Grass, García Márquez, Felipe González, Juan Rulfo, etc. Todo esto se podía hacer si nos acompañaba Cortázar, el más conocido de los intelectuales argentinos en el extranjero. De ahí que esa noche en lo de Soriano se jugaba todo: si aceptaba Cortázar se hacía el regreso. Si decía que no, quedaba todo sólo como un proyecto imposible, el sueño del regreso. Y el demostrar que los argentinos exiliados –tan denostados en la Argentina de la dictadura- tenían el coraje de volver, pese a las amenazas de la dictadura criminal. Pero Cortázar no aceptó presidir la delegación argentina. Nos respondió: ‘Yo no quiero que me peguen un tiro en la cabeza’. Ahí se derrumbó nuestro proyecto. Hice intentos de convencerlos, hablé más de hora y media, pero definitivamente no aceptó. Nunca le guardé resentimiento alguno a Cortázar. Me di cuenta que estaba muy enamorado de Catherine Dunlop, su joven compañera. Justo en ese período le vengo a hacer esa proposición cuando él quería vivir plenamente ese amor. Él reaccionó con honestidad, dijo lo que sentía, no buscó algún otro argumento. Nos dijo claramente: ‘no quiero que me peguen un tiro en la cabeza’. Bien claro. Lástima grande, de haber ocurrido el viaje, hubiera tenido trascendencia internacional”.

 

El mercenario

“En el año 63 recibí una invitación de una biblioteca de la ciudad bonaerense de Rauch. Me pidieron que yo mismo eligiera el tema. Pensé: les voy a hablar sobre el militar cuyo nombre lleva la ciudad: Federico Rauch. Ese militar fue un mercenario. Era de Alsacia, había combatido con Napoleón y vino por dinero, contratado por Rivadavia ‘para exterminar a los indios ranqueles’, como dice el decreto. Llegó aquí y empezó con la matanza. El primer comunicado dice: ‘hoy, para ahorrar balas, hemos degollado a 27 ranqueles’. Así de simple. El segundo comunicado es más filosófico. Señala: ‘Los ranqueles no tienen salvación porque no poseen sentido de la propiedad’. Fíjese qué profundo el pensamiento. Y el tercero es ya increíble. Dice: ‘los ranqueles son anarquistas’. Estamos en 1827. Bien, hasta que un joven ranquel, a quien los soldados lo llamaban Arbolito porque divisaban que los espiaba desde lejos y al principio creían que por sus cabellos largos se trataba de un árbol joven en medio de la pampa, lo enfrentó al orgulloso militar europeo: lo sorprendió en una hondonada, en el combate de Las Vizcacheras, le boleó el caballo y le cortó la cabeza al militar europeo mercenario.

Cuando terminé la conferencia, allí en la ciudad de Rauch, propuse a los presentes que los habitantes de ese lugar exigieran cambiarle el nombre a la localidad, que en vez de llevar ese nombre ignominioso pasara a llevar el simpático nombre de Arbolito. Ante esa proposición los presentes abandonaron la sala de conferencias apresuradamente y me dejaron solo. Regresé a Buenos Aires y a la mañana siguiente me detuvieron. Es que justamente el ministro del Interior de la dictadura militar de aquel entonces era nada menos que el general Juan Enrique Rauch, biznieto directo del mercenario Federico Rauch. Estuve 63 días preso a disposición del Poder Ejecutivo. La ciudad bonaerense hoy se sigue llamando Rauch”.

Publicado originalmente en Revista "La Pulseada"

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