Entrevista a Adolfo Pérez Esquivel

 

 

Con el hambre y las mineras se violan los derechos humanos

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Su historia, la lucha por la paz y la no violencia, su tradición cristiana y su recuerdo del Padre Cajade. Dice que la palabra más usada en el mundo es “yo” y que nos olvidamos de “nosotros” y “nosotras”. Critica la visión “acotada” de los derechos humanos y asegura que la desnutrición y la minería a cielo abierto también son violaciones a los derechos humanos. Pide que se considere delitos de lesa humanidad a los crímenes ambientales y recuerda que los mayas en Chiapas le enseñaron que en su lengua no existe la palabra “desarrollo” y que prefieren hablar de “equilibrio”. A poco de cumplirse 30 años desde que es Nobel de la Paz, Pérez Esquivel le dice a La Pulseada que la búsqueda del equilibrio “es el gran desafío de hoy”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Javier Sahade, Juan Manuel Mannarino y  Héctor Bernardo
Fotos: Luis Ferraris

 

 

 

Con la camisa arremangada y el poco pelo gris desordenado, Adolfo Pérez Esquivel se hace un hueco en su trabajo cotidiano y recibe a La Pulseada en la vieja casona del Servicio de Paz y Justicia de Argentina (SERPAJ) en Piedras 730, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Esta institución, de la que es miembro desde sus comienzos, allá por 1974, tiene un basamento cristiano ecuménico y busca promover la paz, la no violencia y el reconocimiento pleno de los derechos humanos. Además, forma parte del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas y es entidad consultiva de UNESCO.
Pérez Esquivel fue galardonado en 1980 con el Premio Nobel de la Paz, por su compromiso con los pobres y los oprimidos de Latinoamérica. A 30 años de aquel reconocimiento, ansioso por seguir trabajando, apurando el paso por el viejo y rechinante piso de madera, busca una oficina tranquila en la planta alta del SERPAJ para poder charlar con La Pulseada. Acomoda su silla, se sienta de golpe y con la pronunciación algo española que lo caracteriza, da el alerta a grabadores y lapiceras con un “bueno muchachos… Ustedes dirán”.

-¿Qué significa para usted que pronto se cumplan 30 años del Premio Nobel?
-Significa que la vida continúa. Cuando recibí el Premio Nobel no lo hice a título personal, sino en nombre de los pueblos de América Latina. Trato de ser coherente con eso. Con Premio Nobel o sin Premio Nobel, estaría haciendo lo mismo. Para mí es simplemente un instrumento al servicio de los pueblos. Es un reconocimiento que asumo, pero conmigo trabajan miles de personas en toda América Latina, Europa, Asia, África. No es sólo el trabajo de una persona, es el trabajo compartido. El premio me hace más visible que el resto, pero hay gente que hace el trabajo que yo hago, igual o mejor.

-¿Al premio, lo tomó como un mandato, como un compromiso con la lucha de los pueblos?
-Mi lucha no comenzó hace 30 años. Llevo más de 40 años trabajando. Por eso dije que el trabajo lo seguiría haciendo con Premio Nobel o sin Premio Nobel. Lo que pasa es que este premio te hace más visible y te da posibilidades que antes no tenías. Para mí, vuelvo a insistir, es un instrumento al servicio de los pueblos. Yo estando en la prisión ya era candidato al Premio Nobel Nobel (Pérez Esquivel fue arrestado por la dictadura en 1977, torturado y retenido sin juicio durante 14 meses). Estando en prisión me otorgan el Memorial Juan XXIII de la Paz por el Instituto de Pax Christi Internacional. Después, estuve en libertad vigilada, y al final vino el Premio Nobel. Pero para mí es parte de la lucha, del compromiso. Así que a 30 años seguimos trabajando... Hasta que Dios quiera.

-Si tuviera que resumir esa lucha y ese compromiso… ¿Qué palabras elegiría?
-Creo que lo podría sintetizar en que uno comparte las luchas y las esperanzas de los pueblos de todo el continente, porque como Servicio de Paz y Justicia estamos en 15 países. Comenzamos el trabajo en el año ´60 desde México. No surgimos aquí, como muchos organismos que nacieron a partir de la dictadura militar. Ya veníamos trabajando desde muchísimo antes. Lo que tratamos de hacer es que la gente construya. Nadie los va a liberar. Nos vamos a liberar juntos. Vamos a caminar juntos. Un amigo de caminada, Eduardo Galeano, dice que la palabra más usada en el mundo es “Yo”, y nos olvidamos muchas veces de “Nosotros” y “Nosotras”. Este es el trabajo nuestro. Entre nosotros y nosotras. El sentido de la comunidad. Yo nunca pertenecí a un partido político. El nuestro siempre fue un trabajo social, plural y siempre planteando estar junto con los pueblos. Nuestro trabajo tiene una dimensión política, pero es otro tipo de construcción. No es desde las estructuras del Estado desde donde van a venir las transformaciones, sino de los pueblos cuando estos son emergentes y se asumen como constructores de su propia vida y su propia historia.

-¿Está de acuerdo con el concepto de “poder popular”?
-Claro. Es una construcción que se está dando en Bolivia con otro amigo de caminada de muchísimos años, que lo conozco desde que era un pibe: Evo Morales. A Evo lo trato desde hace añares cuando en el ´74 ó ´75 íbamos a acompañar las luchas y reclamos por la masacre del Valle de Cochabamba durante la dictadura de Hugo Banzer. También acompañamos las luchas mineras, los reclamos de los pueblos indígenas, las organizaciones sociales, sindicales, etc.

La fe y los muros
Los orígenes de la lucha de Pérez Esquivel estuvieron fuertemente marcados por la fe religiosa. Compartió caminos con el padre Carlos Mugica, que dedicó su vida a los pobres y murió asesinado por la Triple A en la Villa 31 de Retiro; con monseñor Oscar Romero, quien denunció las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en El Salvador y que fuera asesinado por los militares de su país; también junto al obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, matado por la última dictadura, y más recientemente con el padre Carlos Cajade.

-Nosotros veníamos de las experiencias de las comunidades de base cristiana. Yo tengo esa pertenencia. Desde ahí comenzamos a trabajar en las villas. Hasta hace unos años, tenía ahí (señala la pared detrás de su escritorio) la cruz de la Villa 31 de la capilla de Carlos Mugica. Cuando le llevaron los restos de Carlos Mugica (NdR: el cuerpo de Mugica fue trasladado a la Villa 31 en 1999), su hermana, Marta, me dijo: “Adolfo, me gustaría tener la cruz”. Yo me tomé un taxi y se la llevé. Es decir, mi compromiso parte de la fe, de la participación del pueblo, del sentido de la comunidad. Mi formación también tiene mucho que ver con quien fue uno de los discípulos de Mahatma Gandhi: Lanza del Vasto, ese gran escritor, pensador y filósofo. Hace un tiempo encontré por ahí una carta que me mandó Monseñor Romero. Dos días antes de que lo maten, le hablé por teléfono desde Barcelona. Él me estaba esperando el día que lo mataron. En marzo se cumplieron 30 años de su asesinato: el 24 de marzo de 1980.

-¿Cuál es la relación entre la fe y la institucionalidad religiosa?
-Tendríamos que aclarar algunas cosas. Primero, Iglesia somos todos. Yo creo en la idea de “Iglesia: pueblo de Dios”. Que se va construyendo desde la fe y el compromiso. Después están las estructuras eclesiales, con las que a veces coincidimos y a veces no. Yo coincido con gente como Jaime de Nevares, Angelelli, monseñor Romero. La pertenencia a una Iglesia es cuando uno se siente unido, se siente en comunión. Lógicamente que tuve grandes choques con la jerarquía eclesiástica dado que algunos apoyaron a la dictadura y hasta justificaron las torturas y la pena de muerte. Pero otros resistieron. Entonces no se puede generalizar. Con Carlitos Cajade hablábamos mucho de esto. Cuando me dieron el Premio Nobel Carlitos Cajade fue el primero que me recibió en su capilla en La Plata. Fue espectacular. Tenía amenazas de bomba y no nos movimos de ahí. Nosotros estábamos ahí, y celebramos. Celebramos en nombre de todos los pueblos de América Latina. Carlitos Cajade fue un sacerdote con coraje, con decisión y que brindó un testimonio de fe.

-Esa concepción de la fe es la misma de Cajade cuando planteaba que “si el mundo no se piensa desde el pobre se construye contra Dios”...
-En esto tenemos que abrir la mente, abrir el corazón. Escribí muchas cosas y ahora estoy trabajando sobre los muros. Yo he estado en Berlín antes y después de la caída del muro. Pero se derribó el Muro de Berlín en 1989 y se levantaron otros muros: Israel y Palestina; Corea del Norte y Corea del Sur; Estados Unidos y México; República Dominicana. Parece que a los pobres hay que invisibilizarlos, a los pueblos hay que invisibilizarlos. Pero los muros más duros de derribar son los que tenemos nosotros en la mente y en el corazón. Esos son los muros que tenemos que derribar y abrir los espacios aunque haya gente que no esté de acuerdo con nosotros.

-¿Y eso cómo se logra?
-Hay dos cosas que son muy importantes. Primero, no sólo hay que ver, sino que hay que aprender a mirar; no sólo hay que oír, sino que hay que saber escuchar. Nosotros podemos oír muchos ruidos, pero no escuchamos ninguno. Oímos, pero no escuchamos. Vemos, pero no miramos. Cuando miramos es cuando realmente tenemos una relación, no sólo con el ser humano, sino con la naturaleza. Con la Pachamama, con la Madre Tierra. Si nosotros no tenemos la capacidad de tener una mirada a nuestra Madre Tierra, aunque tengamos ojos no vemos. Creo que estas cosas son las que tenemos que ir aprendiendo. El vivir es un aprendizaje.

Crímenes de lesa humanidad ambientales
-¿En qué consiste la Corte Penal Internacional del Medio Ambiente que usted promueve?
-Soy presidente de la Academia Internacional de Ciencias del Ambiente de Venecia, que está integrada por 120 científicos de todas partes del mundo. Nuestro razonamiento parte de que en esta vida, en esta época, hay un avance muy grande de las ciencias y la tecnología y, sobre todo, una aceleración del tiempo. Estos factores arman un conjunto demoledor, de gran capacidad de destrucción del planeta. Hoy el ser humano subsiste como puede, mientras países y empresas privilegian el capital financiero por sobre la vida de los pueblos. Lo que nosotros proponemos es la constitución de un Tribunal Penal sobre el Medio Ambiente. ¿Qué pretendemos con esto? Reformar el Estatuto de Roma para que se agreguen los crímenes de lesa humanidad ambientales porque están provocando más muertes que las guerras. (NdR: El Estatuto de Roma establece una Corte Penal Internacional para actuar ante “los crímenes más graves de trascendencia internacional”) La desertificación y el hambre son crímenes brutales. Por día mueren en el mundo más de 35 mil niños de hambre. Es terrible. Ahora, ¿Qué pasa con la devastación? En un viaje a Irak, presencié el horror de la guerra y el horror del agua. Viajamos en una camioneta donde apenas si cabíamos sentados, con bidones de agua por todos lados. Dejamos la mayoría de esos botellones en un hospital pediátrico que había sido bombardeado por Estados Unidos y Gran Bretaña. Toda el agua está contaminada con radiaciones. Es el efecto de las bombas. Ahí pude ver que el agua vale más que el petróleo. En la ruta, en medio del desierto, el chofer paró en un retén militar. Había una cola enorme. Bajó con dos botellas de agua y al ratito nos hicieron pasar. Esas botellas de agua eran la coima para pasar más rápido. Uno piensa que el agua es infinita, pero hay 32 países en el mundo sin agua. Y cuidado: los grandes países vendrán por la biodiversidad. Por el Acuífero Guaraní. Por todos los acuíferos de Latinoamérica. Las guerras se producirán por eso. Están agotando los recursos. Con el Tribunal por el Medio Ambiente queremos sancionar a las grandes empresas y a las potencias. No sé si lo conseguiremos. Por eso es que estamos juntando firmas por el mundo para la concientización y la acción de los pueblos con el objetivo de reformar el Estatuto de Roma.

-El primer gran avance fue la Cumbre Mundial sobre Cambio Climático y Derecho de la Madre Tierra organizada el mes pasado por Evo Morales en Bolivia.
-Así es. El problema es cómo avanzar, porque para que Naciones Unidas lo apruebe, hay que reunir la firma de 62 países. En el año 1981, junto a Julio Cortázar, presidí en el Senado de Francia el primer coloquio sobre la desaparición de personas. Todavía no había una figura jurídica sobre el desaparecido. A partir de eso, se logró establecer esa figura a nivel mundial, con la presencia de 500 juristas de todo el mundo. Luego se conformó la Comisión sobre la Desaparición de Personas en la ONU. Pero recién la convención sobre los desaparecidos se logró el año pasado. Entonces, para lograr que el Tribunal sobre el Medio Ambiente funcione primero hay que retocar los estatutos de Roma y no hacer una cosa aparte. Es cuestión de años. Un proceso largo.

El crimen del hambre y el desierto que se viene
-¿Cuesta hacer entender que la pelea ambiental es una pelea de derechos humanos?
-Si, cuesta aquí en el país. Hay organismos de derechos humanos que nacieron durante la dictadura a partir del drama que vivieron y para ellos el objetivo es juicio y castigo para los responsables, saber dónde están los desaparecidos, la recuperación de los niños y esto lo acotan del ´76 al ´83. Eso lo respeto. Pero nosotros a la política de derechos humanos la tomamos en su integridad: derechos económicos, sociales, culturales, la cuestión del medio ambiente, soberanía y autodeterminación de los pueblos. Esto lo trabajamos en la gran asamblea de las Naciones Unidas en 1993 en Viena y que se incluye como la llamada Tercera Generación de los Derechos Humanos. Pero es cierto, acá hay gente para quien la violación a los derechos humanos es la tortura, desaparición de personas, cárceles. Sí, esa es la violación del primer derecho, el derecho a la vida. Yo soy un sobreviviente de eso, pero los derechos humanos no se agotan ahí. La mortandad infantil, ¿qué es? Que se nos mueran 25 niños de hambre por día en la Argentina es violación a los derechos humanos. Otra cosa que nosotros relacionamos profundamente a los derechos humanos es la construcción democrática, como valores indivisibles. La democracia no se regala, es un espacio a construir.

-¿Algunos creen que la lucha contra la minería contaminante no es un área en la que deban estar los organismos de derechos humanos?
-Profundicemos un poco filosóficamente sobre esto. Primero, tenemos una formación de mentalidad cartesiana, fragmentada, lo que Ortega y Gasset llama “El hombre especializado”: hay gente que sabe mucho de alguna cosa y es analfabeto de la mayoría. El autor Fritjof Capra señala esto en sus libros “El Punto Crucial” y “El Tao de la Física”. La mentalidad cartesiana nos limita. Hay médicos que te curan de una enfermedad y te generan otras enfermedades porque te aplican una cosa aquí y te arruinan el hígado, el corazón, la cabeza, etc. El mundo es como un ser humano, debe ser tratado en forma integral y para esto tenemos que desarrollar el pensamiento holístico. Es fundamental. Si nosotros no entendemos esto, estamos listos. La minería a cielo abierto produce enormes daños ambientales y daños al ser humano: cáncer, enfermedades, muertes, destrucción de la biodiversidad y del agua. Usan millones de litros de agua por día. Para sacar el oro y la plata necesitan del mercurio, del cianuro y de sulfuros. Es inhumano. ¡Esto viola los derechos humanos! Por eso digo que comprendemos los derechos humanos desde otra perspectiva, más integral. Nosotros venimos trabajando sobre la cuestión de minería abierta y no lo hacemos por casualidad. Sería mucho mejor para nosotros decir “bueno, no nos metemos en eso y descansamos”.

Además esa contaminación también la hacen las empresas sojeras, la Sociedad Rural, los grandes terratenientes, que destruyen los bosques, los montes, destruyen la biodiversidad para plantar soja transgénica. Dentro de diez años, la Argentina va a ser un desierto. Los agroquímicos, los agrotóxicos, el glifosato, que en otros países está prohibido pero aquí se utiliza. Comencemos a cambiar la forma de pensar.

-¿Usted habla de la política de derechos humanos del kirchnerismo?
-No sólo de Kirchner, ¿eh? Esto viene de mucho antes... Kirchner es uno más.

-¿El kirchnerismo profundizó esa política que usted denomina “acotada” de derechos humanos?
-A este gobierno hay que reconocerle que dio pasos que otros no quisieron dar. Hay que reconocerlo. Tuvo la voluntad política de apoyar lo que veníamos reclamando desde hace muchos años: la nulidad de las leyes de impunidad, la reforma de la Corte Suprema. Se logró avanzar con los juicios y se dieron pasos significativos, se formaron varios observatorios de derechos humanos, se están haciendo cursos, etc. Pero por otro lado, el gobierno, acotó los derechos humanos a lo que pasó entre el ´76 y el ´83. No habla de la gran minería, de la mortandad infantil, la destrucción del aparato productivo. ¿Por qué la presidenta Cristina veta la Ley de Glaciares? Para beneficiar a la Barrick Gold (mega empresa minera de capitales canadienses). Y el agua es fundamental, no sólo para el ser humano; las plantas, los animales, la biodiversidad… ¿Qué va a pasar con eso? Lo mismo que con los desmontes... ¡Es una vergüenza! Hasta las mismas Naciones Unidas, la Corte Interamericana tuvo que poner un límite a los desmontes de Salta. Y en esto la política de derechos humanos del gobierno mira para otro lado. ¿Por qué? Porque el gobierno kirchnerista es aliado de Gioja, el gobernador de San Juan, provincia en la que estuvimos. Tuve que mandar una carta a todos los rectores de las universidades nacionales por la cuestión de la Alumbrera. (NdR: el emprendimiento minero de Bajo de la Alumbrera es el más grande del país. Se encuentra en Catamarca, entre Andalgalá y Belén. El ofrecimiento de millones de pesos que la empresa hizo a las universidades de todo el país, generó un fuerte debate ético. Pérez Esquivel escribió una carta dirigida a todos los rectores para que no acepten y/o devuelvan el dinero) Algunos tuvieron conciencia, rechazaron los fondos y pusieron comisiones de investigaciones sobre los daños ambientales.

-Con la excusa del desarrollo se están destruyendo los recursos naturales.
-Conceptualmente hay otro eje que me parece fundamental: el concepto de “desarrollo”. ¿Qué es desarrollo? Desarrollo es explotación para nosotros, pero para los pueblos originarios, es equilibrio. Voy a contar una pequeña historia que me pasó en Chiapas. Hacía tiempo que no veía a los amigos mayas y estuve allá porque fui a un congreso internacional sobre desarrollo y desarme. Se me ocurrió preguntarles: “para el pueblo Maya, ¿qué es desarrollo?” ¿Sabés lo que me dijeron estos desgraciados? “¿Ustedes qué quieren desarrollar?”. Yo los quería patear (se ríe). Y entonces me dieron una lección en pocos minutos: “en nuestro idioma -dijeron- no existe la palabra desarrollo”. Ahí, yo estaba más perdido que perro en cancha de bochas. “Para nosotros existe la palabra equilibrio.” ¡Mirá qué distinto! “Equilibrio con nosotros mismos, equilibrio con los demás, equilibrio con la comunidad, equilibrio con la Madre Tierra, equilibrio con el cosmos y equilibrio con Dios. Cuando se quiebra ese equilibrio viene la violencia y lo que ustedes están viviendo. Para ustedes el desarrollo es tener más coches, más ordenadores (computadoras), más dinero. No, para nosotros es el equilibrio”... Ese equilibrio que tenemos que recuperar; creo que es el gran desafío que tenemos hoy... El sentido del equilibrio en nuestras comunidades.

El hombre de los acentos
Hombre de mundos, Adolfo Pérez Esquivel divide su pequeño cuerpo entre cada continente: un rato en Europa, otro en África, América Latina, luego Asia. Viajero incansable, Argentina lo aprovecha como puede: presencias aquí y allá, reuniones, conferencias. Con 78 años sobre los hombros, unos anteojos grandes y cuadrados que son su marca de estilo, Pérez Esquivel tiene en su compañera, la música Sara Mamani, la anfitriona perfecta. Alta y huesuda, con esos ojos que transmiten la misma paz que su paisaje norteño, ella organiza su agenda, recibe los contingentes que acuden al SERPAJ a visitarlo y aparece como la cara visible cuando hay que distribuir los tiempos de un hombre que sigue viviendo como si tuviera las energías de la juventud.

El SERPAJ está repleto de los cuadros del artista plástico que también es Pérez Esquivel, oficinas en los dos pisos, gente que va y viene de los pasillos. Entramos a un cuarto pequeño. Una mesa redonda. Detrás, un escritorio con papeles, cartas, imágenes. Pérez Esquivel observa el reloj. Advierte que un grupo de judiciales holandeses lo está esperando abajo. La pelada frontal, los pelos blancos a los costados. Habla. Mira fijo. Tiene todos los fonemas del universo en sus frases, en sus dicciones. Las manos entrelazadas, como buen cristiano. De repente, una mueca de ironía: la boca se contrae dejando ver unos dientes grandes y desparejos. Adolfo Pérez Esquivel no es un hombre grave aunque frunce el ceño ante cada pregunta. No es un hombre estelar aunque cada palabra, en su boca, pareciera pronunciarse como desde un templo. Adolfo Pérez Esquivel es un tipo sencillo, que respira fuerte, que conversa con el Nobel sobre la espalda, que se permite la broma pueril, que deja saber su preferencia con los modestos y los humildes pese a la enorme esfinge que se posa tras su apellido.

Pérez Esquivel es la síntesis de la indignación. De un discurso que antepone la resistencia a la impotencia, la denuncia a la figuración política, la apertura a los temas políticos y humanos antes que la atmósfera circular de cualquier organismo de derechos humanos. Sólo entrar a su página www.adolfoperezesquivel.com.ar y navegar por las vertientes de su pensamiento: allí vive el Pérez Esquivel periodista, una sucesión de posturas éticas y políticas, a título personal, sobre las preocupaciones de una pluma tan versátil como crítica de todo poder: los pueblos originarios, el medio ambiente, la justicia, la política internacional, la pobreza, los medios. Un trabajo intelectual que se complementa con su labor como escritor atento ante las coordenadas del tiempo actual: “Caminando junto al pueblo” (1995) y “Una gota de tiempo. Crónica entre la angustia y la esperanza” (1996), son dos de sus mejores libros publicados.

No hay título que el Premio Nobel desconozca: hoy por hoy, es presidente de la Academia del Ambiente, copresidente de la Comisión Provincial por la Memoria y colaborador de la Liga Internacional por los Derechos Humanos y la Liberación de los Pueblos, entre otras labores. Adolfo Pérez Esquivel también es un prolífico pintor y escultor. Además, está su paso por La Plata: aquí se recibió de arquitecto y luego ejerció la docencia en todos los niveles educativos. Actualmente es profesor titular de la Cátedra Cultura de Paz y Derechos Humanos en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Cercano a la estética de León Ferrari, sus cuadros y murales evocan la imagen religiosa en una reapropiación criolla: esculturas, pinturas y dibujos donde aparecen los oprimidos y los excluidos del mundo por sobre la santidad oficial, como en su versión popular del “Vía Crucis Latinoamericano”.

¿Qué hay detrás de su preocupación por todas y cada una de las cosas del mundo? ¿Qué transmite su figura apacible y, al mismo tiempo, severa e inflexible? Un cuerpo de ideas, firmas y palabras al servicio de una desmesura envidiable: todos los derechos humanos, todos, en la coherencia de un hombre hiperactivo en el que viven miles de militantes en la defensa de la humanidad. Así de sencillo. 

Aldeas
Uno de los emprendimientos más interesantes del SERPAJ es la creación, hace poco más de diez años, de las Aldeas de Niños y Jóvenes para la Paz. Son centros educativos dirigidos a adolescentes y jóvenes víctimas de pobrezas múltiples y de violación a sus derechos. Su finalidad es incidir en la reducción de la exclusión y la violencia ejercida hacia este grupo social. Se apunta a fomentar en los jóvenes el sentido de la autonomía, la valoración de la cultura del trabajo, de su identidad y de la participación ciudadana responsable respetando los significados propios de su identificación cultural. Cada equipo de la Aldea promueve y acompaña los proyectos productivos que tiene el entorno familiar para una mejora en la calidad de vida y para estimular la proyección de los jóvenes. En varias ocasiones, Pérez Esquivel afirmó que el miedo es un elemento de dominio, que primero paraliza y luego hace actuar de manera reaccionaria. El miedo es un elemento de poder. Ante la estigmatización que reciben los jóvenes en situaciones de riesgo, ante la exclusión humana que sufren sus hogares pobres, las Aldeas apuntan a vencer la construcción social del miedo y generar procesos comunitarios de integración, identidad y pertenencia.
“Las Aldeas Jóvenes -explicó a La Pulseada el Premio Nobel de la Paz- son centros educativos para generar conciencia crítica, valores y una esperanza de vida. Lo que nosotros damos es capacitación laboral, pero también una educación integral. Yo tengo un amigo, un maestro, Paulo Freire, que señala que en la relación entre el educador educando, el educando educador, nos educamos juntos... Juntos construimos. Siempre estamos aprendiendo mucho de los chicos. Y les brindamos nuestra experiencia de trabajo. Tenemos dos aldeas, una en General Rodríguez y otra en Pilar. Y tenemos muchísimas dificultades económicas porque no recibimos subsidios. Únicamente, la Dirección General de Escuelas a través de un convenio que hicimos hace como 15 años, financia el salario de los maestros, de los capacitadores. Pero para el resto tenemos que rebuscárnosla. Tenemos producción agrícola y producción técnica. En General Rodríguez funcionan 19 talleres de carpintería, herrería, electricidad, marroquinería, serigrafía y agrícolas. Tenemos cunicultura, avicultura, escuela de quesería, huertas orgánicas. Con eso nos autoabastecemos para el mantenimiento y el alimento de los chicos y algo podemos vender entre los amigos. Nosotros con esto no es que cambiamos el mundo, pero sí cambiamos la vida de muchos chicos. Además, podemos decir ‘cuidado, no hay que penalizar a los chicos ni bajar la edad de imputabilidad’. Esto lo discutíamos mucho con Carlitos Cajade, al chico hay que quererlo, no hay que castigarlo. Nosotros con esto mostramos una experiencia válida para darles una esperanza de vida. La otra está en Pilar donde funcionan 15 talleres con la misma característica. Gracias a Dios, logramos conformar equipos de educadores con una conciencia y una fuerza increíble. En ese sentido estoy contento porque es gente que a pesar de todas las dificultades, trabaja a full, no sólo las horas asignadas, sino todo el día. Queremos que los chicos tengan contacto con la naturaleza. Eso que bien nos enseñaba San Francisco: hermana agua, hermanas plantas, hermana vida. Creo que en esta forma de relacionarse el ser humano con la naturaleza podemos ser mejores. Nosotros no somos los dueños de la naturaleza, sino que somos parte de la naturaleza. Y eso es lo que tratamos que los chicos entiendan”.

 


Publicado originalmente en Revista "La Pulseada"

 

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