La historia viva

Publicado en por Héctor Bernardo

Polémica por un experimento científico perverso



A fines del siglo XIX, el Museo de Ciencias Naturales de La Plata exhibió, como trofeos vivientes, a caciques capturados durante la Conquista del Desierto. Eran obligados a paséame por las salas y estudiados por especialistas. Sus descendientes reclaman los restos. Y, aún hoy, hay voces que defienden ese cautiverio.



Por Héctor Bernardo

 

La Conquista del Desierto, ese movimiento marcial de fines del siglo XIX que amplió las fronteras de la Nación hacia tierras habitadas por los aborígenes, no sirvió solamente para desarrollar el primer genocidio de la historia argentina y para que 40 millones de hectáreas pasaran a manos de un puñado de terratenientes, además de darle forma más o menos definitiva a la geografía del país. También sirvió para la perpetración de un experimento que, en nombre de la ciencia, exhibió al público en un museo a los últimos caciques vivos de las tierras del Sur y a sus familias, como piezas vivientes de una cultura inferior conquistada mediante las armas. Ocurrió hacia 1880 en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. El impulsor de la experiencia, que aún hoy encuentra defensores, fue Francisco Moreno. Se trató del famoso perito Moreno, quien fundó el museo y es considerado un prócer de la patria.

Fueron seis: el cacique Inakayal; Margarita, su mujer; Margarita Foyel (hija del caique Foyel); Eulltyamal; una niña que todavía no está claramente identificada -pero que figura en registros periodísticos de la época- y un joven yagan llamado Maish Kensi. Dormían en habitaciones a medio terminar, húmedas y muy frías, ubicadas en el subsuelo. Hoy el personal del museo conoce a esos espacios como "las cárceles".

Las mujeres eran obligadas a tejer, los hombres hacían tareas de mantenimiento y a Maish Kensi lo pusieron a trabajar en la preparación de los esqueletos de los aborígenes para su exhibición -después de su muerte, los restos de este joven estuvieron expuestos durante 112 años-. Se los hacía pasear por las salas para exhibirlos y llegaban investigadores de distintas partes del mundo para practicarles estudios. Las autopsias demostraron que se encontraban desnutridos. Existen registros de época que describen a cada cautivo en exposición. Inakayal era "reservado, desconfiado, orgulloso y rencoroso. Comunicativo solamente cuando estaba ebrio. Dormía casi todo el día. Muere el 24 de septiembre de 1888 a los 45 años". (La versión oficial señala que Inakayal se suicidó luego de hacer un ritual en las escalinatas del museo y despojarse la ropa occidental que le obligaban a usar. Hoy los investigadores sospechan que pudo haber sido asesinado.) Margarita Foyel era "tímida y con la expresión triste. Muy trabajadora y sin ningún tipo de coquetería. Muere el 21 de septiembre de 1887 a los 33 años". Margarita Inakayal "muere el 2 de octubre del 1887" -no hay descripción-. Eulltyalma era "reservada y rencorosa, su rostro triste cambiaba difícilmente. Muere el 9 de octubre de 1887". Maish Kensi era "triste, confiable, emotivo, adivinar sus expresiones era difícil. Muere en septiembre de 1894, a los 23 años". No hay datos sobre la niña.

A fines de la década del '80, muchos miembros de los pueblos originarios comenzaron a presentar reclamos ante las autoridades del museo para exigir el retiro de exhibición y la restitución de los restos de sus antepasados, pero los pedidos fueron rechazados. Recién en 2001 se creó la ley 25.517 que señala que deben devolverse a los pueblos originarios los restos que estén en instituciones públicas. Sin embargo, en el país sólo se realizaron dos restituciones de restos a las comunidades originarias. Tan solo en el Museo de La Plata hay 8 mil restos humanos. "Para los científicos, nuestros antepasados son sólo un objeto de estudio que utilizan para ganar un doctorado. No queremos que nunca más los restos de nuestros hermanos sean expuestos de ese modo. Como pueblo vivo reclamamos que vuelvan a su lugar. La nuestra es una lucha de compromiso y reafirmación de nuestra identidad y nuestra memoria", señala Victorina Melipán Antieko, quien en la actualidad es "lonco" (cacique) mapuche-tehuelche. 

No todos están de acuerdo con esta posición. "Los argumentos que están a favor de la no exposición y la restitución son respetables, pero obedecen a creencias", sintetiza Héctor Pucciarelli, jefe de la División de Antropología del Museo, investigador del Conicet y uno de los referentes dentro del grupo de antropólogos y biólogos que se oponen al restituir los restos en exhibición. "Eso que se señala como respeto es absolutamente subjetivo. No me pueden explicar por qué está mal exhibir un cadáver, de la forma que corresponde: bien conservado, expuesto en una vitrina, explicando de qué se trata. Es algo que atrae, enseña y contribuye a la cultura general. Si yo hago un estudio de una población y después no lo difundo a través de publicaciones y de exposiciones en museos se transforma en un esfuerzo inútil", detalla.

Silvia Ametrano, directora del museo, tiene una posición diferente: "Respeto lo que platea el doctor Pucciarelli, pero no lo comparto. Tal vez en el futuro pueda haber un consentimiento de las comunidades que entiendan lo mismo que él, pero en este momento hay que resignar este tipo de difusión, que además se puede hacer de otra manera y priorizar el respeto por las comunidades originarias."

"Inakayal tuvo que vivir trabajando como sirviente en el mismo lugar donde estaban los restos de su mujer expuestos, fue obligado a caminar por habitaciones donde había mil cráneos y ochenta esqueletos de sus compañeros en vitrinas y siempre supo que él también iba a terminar ahí, como pasó. No parece para nada ser una actitud humanitaria, ni para con él ni para con los otros integrantes de los pueblos originarios que estuvieron cautivos", señala Miguel Anón Suárez, miembro del Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social (GUIAS).

  Ametrano fue una de las impulsoras desde el plano institucional del retiro y la restitución de los restos humanos y contó con el apoyo del GUIAS. Los miembros de este grupo descubrieron que una de las dos únicas restituciones que se hicieron, la del cacique Inakayal, había sido incompleta. Si bien se habían entregado los restos óseos, el museo se había quedado con el cerebro y el cuero cabelludo del líder aborigen. Las diferencias en los puntos de vista también surgen a la hora de evaluar la figura del fundador del museo, el perito Moreno. Los sectores más tradicionales califican aún hoy su actitud como "humanitaria" y Pucciarelli asegura que si los caciques "no hubieran sido trasladados al museo, habrían sido llevados a la Isla Martín García para ser esclavizados". En cambio, Melipán Antieho opina que "fueron traídos por Moreno como sirvientes, para trabajar como esclavos y vivieron cautivos en los sótanos hasta su muerte. Luego los descarnaron y les sacaron los órganos para conservarlos en formol y exponerlos como trofeos de guerra. No veo qué pueda tener eso de humanitario". En 1879, Moreno afirmó en una carta: "Tenemos ya en el museo representantes vivos de las razas más inferiores". Para Pepe Tessaro, miembro de GUIAS, el perito Moreno "nunca fue un científico, sino un coleccionista. Cuando inauguró el museo tenía mil cráneos. De sus expediciones por el Sur se trajo plantas, piedras, restos óseos y, para completar su colección, también a los últimos caciques con mando, para ser expuestos vivos como una pieza más. Y eso no fue ni por bondad ni por compasión: la avanzada del Estado-Nación y sus ansias de coleccionista fueron las causas que lo motivaron". 

En la actualidad, la tendencia museístico-arqueo-lógica que respeta las tradiciones de los pueblos originarios se impone a nivel mundial. La Universidad de Michigan, en los Estados Unidos, se prepara para restituir 700 restos de miembros de culturas originarias. Al ser consultada sobre la posibilidad de que algo parecido ocurra en el país, Ametrano fue contundente: "Lo veo como algo muy difí­cil, casi imposible". Mientras tanto, restos como los del cacique Cafulcurá siguen siendo reclamados sin éxito y a las habitaciones del museo que sirvieron para mantener cautivos a Inakayal, su familia y sus compañeros todavía hoy se las sigue conociendo como "las cárceles". Ningún postulado científico pudo encontrar eufemismos para nombrar al sitio del cautiverio de estos hombres y mujeres que, mediante la voz de sus descendientes, siguen reclamando justicia.

 

Opinión

Por Osvaldo Bayer

Historiador, escritor y periodista

“Positivismo” racista

Cuando se conozca muy bien nuestra historia y la ética triunfe sobre el  “positivismo” la figura del perito Moreno perderá todo su halo.

Los verdaderos héroes serán aquellos que lucharon por hacer desaparecer las fronteras en Latinoamérica y no aquellos que ayudaron a  fijar algo tan artificial e irracional como los llamados límites. Y nuestros lagos y montañas volverán a tener los hermosos y poéticos nombres en los idiomas de los pueblos originarios y no de llamados héroes de la burocracia de los ochenta.

La exhibición que hizo el perito Moreno de los caciques Inacayal y Foyel en el museo de La Plata fue obscena y racista. Como sus opiniones en especial de las mujeres mapuches. Inacayal decía la verdad cuando se le tomaron declaraciones. “Yo hijo de esta tierra, blancos ladrones, matar a mis hermanos, robar mis caballos y la tierra que me ha visto nacer. Ahora prisionero... desdichado”. Y Clemente Onelli describe su muerte: “Un día cuando el sol poniente teñía de púrpura el horizonte, apareció Inacayal en la escalera del museo. Se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol y otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas. Y en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo. Esa misma noche, Inacayal moría”.

De cuál fue la idea fundamental del perito Moreno lo dice su última acción: fue fundador de la Liga Patriótica Argentina, la organización de ultra derecha formada para combatir al movimiento obrero.

 


 

Originalmente publicado en revista Veintitres.

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