Una vida matunga

Publicado en por Héctor Bernardo

Cuidadores de caballos


 

"El trabajo es cosa buena. Es lo mejor de la vida. Pero la vida es perdida trabajando en campo ajeno. Unos trabajan de trueno, y para otros la llovida ". El payador perseguido, Atahualpa Yupanquí


"Todas las buenas historias deben empezaren un amanecer y terminar en un ocaso", me dijo un profesor que parecía saber mucho sobre el tema. Esta debe ser muy mala... Empieza allá por las 3 de la mañana, cuando Teresa vuelve a sentir que algo se le clava en la rodilla haciéndole tensar todos los músculos de la cara.

Guillermo da su enésima vuelta. Como tantas otras veces, sólo podrá dormir cinco o seis horas (por supuesto, entrecortadas). El "Lesotanil" (o, como prefieren corregir sus hijos con insistencia pueril: Lexotanil) parece cada día hacer menos efecto y, sin embargo, ser cada vez más necesario.

Tres horas después, la luz comienza a penetrar por las rendijas de la vieja puerta. El cuarto queda tenuemente iluminado. Los rayos se cuelan y levantan el polvo de todas las habitaciones. La vieja casona, que otrora cobijaba inmigrantes, familias numerosas y todo tipo de trabajadores, empieza a mostrar sus paredes descascaradas. Entre el blanco actual y las no tan actuales manchas de humedad, se dejan ver los antiguos colores. Lentamente comienza a aparecer un humilde arco iris: un muy apagado celeste, más abajo el naranja, luego rojo y verde para terminaren el gris de la conchilla. Esa conchilla que día a día se escapa y hace que todo se cubra de un manto de opacidad. Esa conchilla con pedazos de caracol que los chicos sacaban para jugar imaginando que estaban en la playa. Esa conchiJla patrimonio de la ciudad. Esa conchilla...

Es martes, pero en realidad eso poco importa. Da lo mismo que sea lunes, jueves o domingo. Los caballos tienen que comer todos los días, tiene que dar un paseo, hay que darles vuelta la "cama"; y "a ese matungo hay que darle el remedio y tirarle la paleta para ver si el domingo puede correr".

Teresa se mantuvo despierta desde aquel pinchazo. Y ella no quiere saber nada con "el Lesotanil ni con ninguna de esas porquerías". Pero la verdad es que la rodilla la ha tenido loca toda la noche. Y, encima, "ese doctor porfiado que no quiere hacerle la infiltración".

Cincuenta años llevan casados, treinta durmiendo en esa cama que ya no se sabe si rechina o se queja. Ella gira hacia donde está su marido pero se queda quieta cuando su cadera -y el reuma- le hacen sentir la dureza del colchón apelmazado. "Si me saco el Telekino...", piensa y luego deja que su mirada se pierda en algún punto de ese techo lejano, tal vez remembrando con falsa añoranza ese aún más lejano Entre Ríos.

Pronto se levantará a prepararle algunos mates "al Negro" mientras él se viste. Luego va a lavar la ropa, a limpiar y a cocinar, pero eso sí, antes de que él se vaya le va a preguntar qué puede hacer de comer, porque "mira que es chinchudo ese viejo" y seguro que si no hace "un guiso se la va pasar protestando hasta que tenga que irse a las carreras".

No son sólo palabras


Guillermo no sabe lo que significa neoliberalismo, pero debió sufrir sus consecuencias. Atrás quedaron esos años en que los vareadores de caballos eran considerados empleados del Estado. Obra social, vacaciones, aguinaldo, jubilación desde el 1 de abril de 1978 se transformaron en conceptos vacíos, y de a poco fueron quedando en el olvido.

Tal vez no conecte sus avatares con aquel discurso en el que, dos años antes, un tal José Alfredo Martínez de Hoz aseguraba que "se ha dado una vuelta de página. Se ha acabado el intervensionismo estatizante y agobiante..."; y después una frase que resonaría hasta los '90: "achicamiento del Estado".

Otro concepto quedó perdido entre los pliegos de la historia: Policlínico del Turf. Pero no en la memoria de Teresa, que siempre recordará aquel hospital en el que nacieron sus dos hijos: Guillermo y Héctor. Y, sobre todo, cada vez que pase por la puerta y vea que desde que dejó de pertenecer al gremio de los trabajadores del hipódromo pasó a llamarse Hospital Rossi.

Y así como desde los '70 estos trabajadores debieron ir olvidando algunas palabras o modificando sus conceptos, también desde los '90 tuvieron que ir aprendiendo otros nuevos: autónomos, arrendamiento, fiado, deudas, desalojo...

Guillermo nació flanqueado entre el río Salado y el Hipódromo de Santa Fe, no muy lejos de la cancha de Colón.

Tuvo sólo un hermano más grande, pero cinco más chicos. Tal vez fue eso lo que lo llevó a dejar el colegio y salir a trabajar a los 9 años. Siempre trató de estar vinculado con los caballos. Más allá de los breves lapsos en que fue boxeador o la época en que estuvo pegando etiquetas en una cervecería.

Hincha de Colón y de River, tuvo su momento nómada cuando conoció a Teresa y decidió que en Santa Fe las cosas no iban a cambiar para bien. Así deambuló por Palermo y San Isidro para recalar por último en La Plata. Aún hoy añora esos años en que é hipódromo platense desbordaba de gente. Pero esas épocas sólo están en su memoria, o en alguna foto en blanco y negro, ajada y manchada de humedad.

Hoy el hipódromo no luce ni reluce. A pesar de que -entre trabajo directo e indirecto- genera fuentes de ingreso para 15 mil personas y de que mueve más de 8 millones de pesos al mes, la pobreza se ve en su aspecto y en su gente. Es tal vez por eso, que discutiendo con un muchacho que le quiere cobrar una multa porque su caballo no pudo correr, Guillermo le dirá: "yo hago el circo y los demás se llevan la plata".

De camino al tattersall se cruza con tres de los hijos del" Mecho": catorce, doce, y nueve años. El más grande, el de 17, no está. Guillermo sabe que al pibe lo agarraron robando y lo metieron en un reformatorio, entonces ni pregunta. En el momento los chicos se acercan y le piden "un peso", pero si los consulta por el padre (otro cuidador que desde que se quedó sin trabajo, no supo más qué hacer y recurrió al vino barato como placebo, como distracción, o para no buscar una explicación de por qué a los 67 años ya no podía llevar dinero a la casa). "Está en casa durmiendo", dice el más chico mientras agarra las monedas que le da. Guillermo piensa en el pibe que está en el reformatorio y se dice: "son buenos chicos pero fuman esos porros y hacen cualquier cosa". Hace un bache y luego piensa: "es la droga", otro bache y se repite: "es la droga".

Al llegar al tattersall comienza a prepararse. Sabe que si no gana el domingo, el patrón se llevará el caballo para volver a dejarlo sin trabajo. Mientras se pone el delantal, saca del bolsillo una estampita arrugada de la Virgen de Lujan, le da un beso y vuelve a guardarla. Se acerca a aquel caballo que ya lo ha mordido más de una vez, le acaricia el lomo con firmeza pero con un notable cariño y lo mira como diciendo: "sabes que no me podes fallar".


 


 

Originalmente publicado en revista La Pulseada.

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