El trabajo no es un juego

Publicado en por Héctor Bernardo

Pibes que laburan

En menos de 15 años la cantidad de chicos que trabajan en la Argentina subió de 250 mil a 1 millón y medio. Tienen entre 5 y 14 años. Juntan cartones, piden en los semáforos, limpian parabrisas o venden flores. Cumplen horarios tan estrictos como los de cualquier otro trabajador y, en algunos casos, lo hacen para juntar 20 pesos mensuales. ¿Qué hace el Estado y qué papel le cabe al resto de la sociedad? Los prejuicios y el mito de la explotación. Las voces de los especialistas y de los propios chicos que día a día salen a ganarse la vida en el país de las millonarias reservas y la prosperidad económica.
 

     “Sos de los que no quieren que los chicos estén pidiendo

      guita y comida en las calles.

     Cerrás las puertas de tu auto falo, cuando los chicos te

      piden un mango.

     ¡Cuidado Patri, guarda Ezequiel, cuidado el bolso con

      cosas de valor!

     ¡Cuidado Nancy, poné el brazo adentro, de un

     manotazo te sacan el reloj!

     Soy su padre y les voy a explicar que piden para no

     trabajar.

     No tuvieron la suerte de ustedes de tener un padre como

     el que tienen”.

                                                            El imbécil, León Gieco


Tamara, César, Claudia, Luciano, Cristina, Mauro, Pablito, Claudia, Guadalupe… ¿Cuántos más habrá? Los vemos todos los días. Tenemos presentes sus caras. Sabemos de ellos. Y también saben de ellos nuestros gobernantes, sus gobernantes… ¿O serán los gobernantes de otras personas? ¿Habrá urgencia mayor que atender el presente del futuro de nuestro país? Las estadísticas nos ayudarán a comprender la magnitud del problema, aunque debería bastarnos saber que, como escribió Armando Tejada Gómez, “a esta hora exactamente hay un niño en la calle” y trabajando.

A partir del deterioro socioeconómico de la década del ´90, el trabajo infantil pasó a ser una variable más del escenario argentino. Los especialistas aseguran que el aumento de esta problemática no está desconectado de la precarización del trabajo en general.

En 1995 en nuestro país trabajaban 252 mil niños; en el 2000 la cifra ya había subido a 483 mil y después de la crisis del 2001 ese número se había triplicado: 1.500.000. De ese millón y medio de chicos trabajadores, 800 mil están en la provincia de Buenos Aires.

Según la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANNA), realizada por el Ministerio de Trabajo de la Nación y el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), “el promedio del monto mensual de retribución que obtienen los chicos y chicas de entre 5 y 13 años alcanza apenas a 22 pesos; y entre los que tienen 14 y 17 años, a 97 pesos”.

“En una Argentina que hoy tiene 13 millones de personas en situación de pobreza, donde hay un 10% de desocupados de su población activa y en donde casi la mitad de los trabajadores están en negro, las razones por la cuales hay trabajo infantil no son muy difíciles de comprender”, afirma el economista y diputado nacional Claudio Lozano. “La pobreza en la Argentina –agrega-, antes de las transformaciones implantadas por la dictadura y consolidadas por el modelo menemista, era estructural, por lo general era muy visible y tenía que ver con los barrios más postergados, con las villas de emergencia. A mediados de la década pasada, aumentó la desocupación, cayeron los ingresos y entonces los sectores que habían logrado superar un umbral mínimo de necesidades básicas, comenzaron a caer bajo la línea de la pobreza”. “Por eso es razonable que el trabajo infantil se haya incrementado en 1995, año que marcó un punto de inflexión. Esto se profundizó luego con el proceso de deterioro vivido entre 1998 y 2002. Además, a pesar de los 5 años y medio de crecimiento económico, seguimos teniendo a la mitad de nuestros pibes en situación de pobreza”, apunta Lozano.

La Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, en su apartado sobre la población de menores de 14 años, asegura que en nuestro país de cada 10 chicos, 4 son pobres, y de éstos, uno es indigente.

Para Alcira Argumedo, socióloga, docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), “la Argentina es un país que estructuralmente no tendría por qué estar pasando por esta problemática. Es una verdadera vergüenza que un millón y medio de chicos tengan que atravesar esta situación. Es neCésario tomar medidas que realmente fomenten una redistribución de la riqueza, porque –agrega- es indignante que el 40 % de la población esté bajo la línea de la pobreza. ¿De dónde se creen que salen los chicos que mendigan, que venden flores, que limpian vidrios? ¡Y luego vienen a hablarnos del progreso económico! ¡Eso es una verdadera farsa!”.


La continuidad


Hasta mediados de la década del ´70, Argentina basaba su desarrollo industrial en una política de sustitución de importaciones, orientando la demanda masiva hacia el mercado interno, con una distribución del ingreso más equitativa y una sociedad más homogénea, donde lo dominante era el trabajo en blanco y una de las principales característica era el pleno empleo. Era un país donde el problema del trabajo infantil, si bien existía, era mucho menor. Con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 todo cambió.

“La reestructuración política, económica y social –explica Lozano refiriéndose a los militares y a los civiles del Proceso-, llevaba implícita la drástica concentración del poder y la consolidación de un patrón de desigualdad que no se ha alterado. Consecuentemente, en los últimos 30 años la pobreza creció casi en simultáneo con la evolución de la población: en 1975 teníamos 22 millones de habitantes y 1 millón de pobres, mientras que hoy hay 39 millones de habitantes de los cuales 13 millones son pobres”.

Con la llegada de la democracia no hubo un cambio de rumbo económico y social que permitiera volver a los índices de aquel momento o que generara una ruptura con aquel modelo, sino que por el contrario algunas medidas tendieron a profundizarlo. “Cuando uno mira la actual distribución del ingreso, según los diferentes tramos de la población, se percibe que el 40% más pobre, si bien en los últimos 5 años mejoró su nivel de ingreso, en términos de participación, perdió”, comenta Lozano.
En la actualidad, según Argumedo, no se ven planes reales de inclusión, ni se toman en cuentan las propuestas que salen de los sectores que sufrieron las consecuencias de dichas políticas. “Por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, ante una situación crítica, los cartoneros presentaron una serie de proyectos. Si hubiera una verdadera vocación política, se ayudaría a que esos padres pudieran aumentar considerablemente sus ingreso y que sus hijos no tuvieran que salir a trabajar con ellos. Pero no se hace nada, y esto es así porque los políticos tienen un profundo desprecio hacia los sectores marginados. Desprecio que les impide escuchar las alternativas que esos propios sectores proponen. No se quiere saber nada con las cooperativas y ni con otro tipo de experiencias que pudiera beneficiar a los que menos tienen”, concluye Argumedo.

“No existen políticas de alcance universal –coincide Lozano- que transfieran ingresos hacia los hogares más necesitados. Las políticas para aumentar el ingreso se aplican sobre el mundo laboral formal y esto involucra sólo a una parte de la fuerza laboral, que no es la más afectada por la problemática de la pobreza”.


La mirada de los otros


La existencia de un sistema que excluye a numerosas familias sumergiéndolas en la pobreza y obligándolas a recurrir a la mano de obra infantil, permite entender pero justificar la dura realidad de la infancia interrumpida. También hay que tomar en cuenta los prejuicios de clase, que hacen que muchas veces se condene a los padres colgándoles el cartel de explotadores.

Daniela García, trabajadora social que formó parte de un programa con chicos en situación de calle implementado por el municipio de La Plata, y que hoy es integrante del Foro Provincial por los Derechos de la Niñez que funciona en la Central de Trabajadores Argentino (CTA), dice que “la explotación de menores es más un mito que una realidad. Nosotros lo pudimos comprobar fehacientemente en los 5 años que estuvimos trabajando, entre 2000 y 2005. Por lo general, en el único aspecto que se da es en el trabajo sexual. Pero después, en la mayoría de los casos tiene que ver con una situación de pobreza extrema en la familia, que hace que todos sus integrantes tengan que salir a buscar el mango”. “Muchos padres saben –agrega- que necesitan de sus hijos cuando salen a pedir, porque los chicos sensibilizan mucho más. Pero a su vez, si bien apelan a ese recurso, son concientes de que está esa mirada de la sociedad que los culpabiliza”.

En este sentido, la socióloga, especialista en el tema del trabajo infantil y becaria del CONICET, María Eugenia Rausky, dice que “al trabajar con sus familias y no con otras personas, esa labor tiene una implicancia completamente distinta a la individual, porque el chico está protegido”.

Sobre el tema trabajo infantil hay menos información de la que debería haber, pero al referirse a este tema el diputado Claudio Lozano hace hincapié en que “se es conciente de la problemática de la pobreza infantil, pero no tanto de la del trabajo, como si fueran dos cosas disociadas”.


Cuestión de clase

“¿Por qué se estigmatiza al pobre y se valora su actividad de una manera muy distinta a la del chico de clase media o de clase media alta que también labura?”, se pregunta María Eugenia Rausky. “Cuando un chico va a un casting –aclara-, se la pasa horas y horas esperando y probándose para estar en una publicidad, o cuando va a un programa de televisión se la pasa horas grabando. Ese tipo de actividades entran en contradicción con el desempeño escolar del pibe y con el papel de la infancia. Sin embargo, no están mal vistas”.

Marcelo Ponce Núñez, abogado del Hogar de la Madre Tres Veces Admirable, fundado por el padre Carlos Cajade, es más contundente en sus afirmaciones y señala que “la sociedad argentina históricamente es discriminadora y, generalmente, esa discriminación está dada hacia los más pobres”. “Al que no tiene –explica- se lo sectoriza y se lo aparta. Sin embargo, cuando a través de los medios vemos pibes actores, todos aplauden. Ahora, cuando el pibe es cartonero, es lustrabotas o limpiavidrios, pareciera que eso no sirve. Como si el efecto no fuese el mismo”.
“No hay que ser hipócrita –afirma Ponce Núñez-. La propia sociedad que excluye a los pibes después los critica porque no puede sostener ese lugar de excluidos en el que se los puso. Esta sociedad nunca se preguntó ¿qué podemos hacer por estos pibes?, ¿qué podemos hacer por sus padres?, ¿qué podemos hacer para generar condiciones de igualdad?, ¿qué podemos hacer por repartir mejor la torta y no esperar que alguna miga se caiga desde arriba de la mesa? Estas cuestiones parecieran no ser importantes”.

“Lo que sucede –señala Alcira Argumedo- es que esta sociedad que se movilizó durante la crisis del 2001 y que mostró altos niveles de solidaridad, ahora se ve presa de los sectores dominantes que fomentan la exacerbación del individualismo, la polarización y la atomización de la propia sociedad. No hay que olvidarse que los medios de comunicación, que son los principales promotores de esa exacerbación como forma de domesticación y disciplinamiento, están manejados por verdaderos delincuentes, como José Luis Manzano”.


Juego de palabras


El artículo 32, Inciso I de la Convención de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al que la Argentina adhirió, señala que “los Estados partes reconocen el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpezca su educación, o que sea nocivo para sus salud o para el desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”.

El miércoles 13 de febrero pasado, el gobierno de la provincia de Buenos Aires anunció un “Plan para combatir el Trabajo infantil”. Para Marcela Oyandi, licenciada en Trabajo Social y especialista en el tema, “a pesar de que los organismo oficiales admiten que la causa del trabajo infantil es la pobreza, cuando uno va a las soluciones que se implementan específicamente, ve que se trata sólo de programas de concientización, de sensibilización, y ese es un plano que no resuelve la cuestión de fondo”.

“La gente de la CONAETI –Comisión Nacional de Erradicación del Trabajo Infantil- opina pero no sabe nada. Estoy cansado de discutir con ellos. Se creen que el trabajo infantil es una entelequia”, dice Alberto Morlachetti, creador de la Fundación Pelota de Trapo y uno de los coordinadores del Movimiento de los Chicos del Pueblo que impulsó con Carlitos Cajade. “No se dan cuenta –agrega- de que se trata de hijos de desocupados, de hijos de cartoneros, etc., pero uno le dice eso y te responde que ‘sos un promotor del trabajo infantil’. La verdad es que no quiero hablar más del tema. No sé bien por qué intereses se ha vuelto a instalar, pero creo que lo hacen con la intención de generar un debate que tape otros temas, como por ejemplo el hambre”.

“Los programas de concientización -agrega Alcira Argumedo- son realmente denigrantes: demuestran un profundo desprecio hacia los sectores más golpeados. Los gobernantes creen que los chicos trabajan porque sus padres son brutos”. “Lo que pasa –explica- es que estas políticas están todas incentivadas por el Banco Mundial. Son políticas diabólicas que están destinadas a horadar la dignidad de la gente”.

“Cualquier estrategia que se plantee –dice en el mismo sentido Claudio Lozano- respecto a que los pibes no deben trabajar porque le quita tiempo a su propio desarrollo, a la escuela o a los juegos, tiene un punto absolutamente flojo y es no comprender la razón por la cual los pibes trabajan. La información disponible muestra que la gran mayoría lo hace para complementar el ingreso familiar. En tanto y en cuanto no haya solución a la problemática social, decir simplemente: ´no tiene que haber trabajo infantil´, es como ladrarle a la luna. No tiene sentido”.


La escuela

Según una encuesta realizada por del Ministerio de Trabajo de la Nación y el INDEC, el 21% de los chicos trabajadores urbanos no va a la escuela y en zonas rurales el número asciende al 62%. Mientras que el 30% de los chicos que trabajan repiten el grado, entre los adolescentes que trabajan los repetidores alcanzan al 43%.
El ex candidato a Jefe de Gobierno porteño, Claudio Lozano, advierte que la sociedad “está minando su propio futuro”, porque “el hecho de que los pibes trabajen y no se eduquen actúa como un fenómeno que reproduce el circuito de la pobreza”.

Los datos indican que por cada año que un chico no se educa, pierde el 10 % de su ingreso futuro. Y esto se podría evitar. Según Lozano, “hoy en Argentina, teniendo en cuenta la bonanza económica en términos de recursos fiscales, de disponibilidad de reservas y de precios internacionales, el Estado tendría todas las condiciones para poder garantizar un ingreso universal por pibe. Pero ocurre que una de las bases del modelo es la desigualdad”.

“El beneficio que se le otorga a una familia por cada chico, no tendría que estar vinculado exclusivamente al mundo laboral formal (por ejemplo, bajo la forma de salario familiar), sino que tendría que extenderse al conjunto. Podría, por el contrario, estar ligado al chequeo sanitario y a la participación del pibe en el ciclo escolar. Es decir, se podría atar la recomposición del ingreso de los hogares más pobres con el tema del derecho a la salud, a la educación y a los demás derechos postergados”, propone Lozano.

Por su parte, Daniela García considera que “el lugar de pertenencia del pibe tiene que ser la escuela, no hay duda, pero si además el chico está contenido desde algún lugar para mejorar su calidad de vida y la de su familia, no veo cuál sea el problema. El trabajo en cualquier contexto es un espacio de integración. Es un lugar donde uno construye una subjetividad y se inserta socialmente. No veo por qué habría que negárselo a los pibes”.

En esa línea, el abogado Marcelo Ponce Núñez, afirma que “nosotros en el Hogar del padre Cajade hacemos que los pibes ingresen a un emprendimiento productivo recién a partir de los 15 años. La idea es que se capaciten en la tarea que van realizando. No hay una obligación estricta de cumplimiento horario. Eso surge del reconocimiento de que se está efectuando una tarea solidaria dentro del Hogar. Es importante mostrarles a los chicos que con lo que ellos producen se están comprando, por ejemplo, pañales para la Casa de los Bebés. Ninguno de los chicos que entra en este tipo de emprendimiento puede abandonar la escuela. Porque lo importante es su futuro y su futuro pasa por su mejor capacitación. No hay que perder de vista nunca lo que decía Carlitos Cajade: el pibe nunca tiene que perder el guardapolvo blanco, la escolaridad, y la posibilidad de tener una pelota o una muñeca para divertirse”.


En la Plata

Según datos revelados por fuentes de la Municipalidad, en el casco urbano de La Plata existen 800 chicos que se encuentran en situación de calle, y de éstos, alrededor de 400 trabajan para sobrevivir.

El grupo de “callejeadores municipales” en el que se desempeñaba la trabajadora social Daniela García, se ocupaba de cubrir, desde la mañana hasta la noche, el microcentro, 7 y 32 y 1 y 60, dos de las decenas de esquinas de nuestra ciudad donde los chicos luchan cotidianamente por ganarse la vida. Llegaron a vincularse con más de 350 chicos trabajadores.

García explica que en el programa implementado por el municipio hubo una primera etapa que tenía que ver con garantizar proyectos para lograr la inclusión y el trabajo sostenido en el tiempo, para después avanzar en la resolución más efectiva de la situación particular de cada chico.

“Los pedidos que surgían eran concretos –comenta García-: había familias que no tenían dónde vivir, se pedía viviendas; si los pibes no tenían documentos y el municipio no sabía cómo responder a eso, se exigía una solución; si no tenían qué comer y la estrategia económica de la familia tenía que ver con que el pibe salga a laburar, se planteaba la necesidad de apuntalar a la familia, de brindarle una propuesta de trabajo digna a los padres”.

Cuando los reclamos se empezaron a incrementar, la respuesta del municipio fue cerrar el programa. “Un detalle no menor –denuncia- es que el municipio dio de baja el programa pero siguió cobrando los fondos”. “Luego –asegura García- hubo una movida muy fuerte de la policía para generar una ´limpieza´ de los pobres del centro, con la intención de que se dejen de ver. Comenzó a haber detenciones masivas de pibes, que para evitar ser detenidos se fueron del centro hacia la periferia. En ocasiones, para determinados sectores políticos, lo importante no es solucionar el problema sino que no se vea”.


Progresismos a mitad de precio

“La Capital Federal –dice Claudio Lozano-, que tiene casi una década de gobiernos que se reivindicaban a sí mismos como ‘progresistas’, es una ciudad que con una inversión de menos del 1% de la riqueza que genera y mueve anualmente, podría haber eliminado la pobreza infantil. Por eso no creo que triunfos como el de Macri, expliquen la baja conciencia de la población. Me parece que tiene que ver con el fracaso de un ‘progresismo’ absolutamente trucho, que declamó cosas que nunca hizo. Lo mismo pasa en el plano nacional: luego de 5 años de recuperación de la actividad económica, donde el producto creció más de 50 puntos, con sólo invertir 5 puntos anuales se hubiera eliminado la pobreza en su conjunto. No sólo la infantil. Esto indica que, por alguna razón, en el marco del modelo actual no se quiere hacer. La práctica marca que la pauperización de la sociedad es una de las condiciones del tipo de régimen económico vigente. Con una mirada mínimamente atenta, cualquiera puede darse cuenta de que la condición de arranque del procesos de acumulación que la Argentina vive desde el 2002 en adelante, está vinculada a la devaluación, que implica un retraso en los ingresos no menor al 30% y una expansión de la tasa de desocupación a cerca del 28 o 30%. La ampliación de la desigualdad es la condición del relanzamiento de la actividad económica argentina. Y por lo tanto, no se busca alterar es esa condición. En todo caso, hay una suerte de confianza, que de hecho ha ratificado la propia presidenta de la Nación al decir que vamos a seguir creciendo y que, por lo tanto, en el 2010 vamos a tener un dígito de pobreza en lugar de dos. En realidad, con los ingresos actuales, la Argentina estaría en condiciones de resolver el problema hoy. Pero eso implica afectar intereses que no se quieren tocar”.

“Como sociedad -finaliza Lozano-, tenemos serias dificultades para crear la herramienta política que necesitamos para resolver los problemas. Y eso es grave, porque las experiencias que hubo y que hay, que dicen ser la expresión de algo distinto, en la práctica han demostrado que no resolvieron estas cuestiones ni se proponen hacerlo”.  


La pelea de fondo

La problemática del trabajo infantil tiene un referente a nivel continental, que es el Movimiento de Niños/as y Adolescentes Trabajadores de América Latina y el Caribe (NATs). Esta organización, formada por chicos, plantea que, dado que el trabajo es una realidad que está presente en su vida cotidiana, es neCésario admitir el derecho de los niños a realizarlo, lo que llevaría implícito el reconocimiento de todos los derechos que tienen como trabajadores.

En contraposición a esta postura, la socióloga María Eugenia Rausky plantea que “eso es seguir fomentando las desigualdades sociales. Porque la mayoría de los chicos que trabajan son pobres. Es por eso que lo que hay que hacer no es reconocer el derecho al trabajo de esos chicos, sino apuntar a que, a largo plazo, sus familias mejoren sus condiciones económicas para que le permitan una vida digna. Y, a corto plazo, implementar políticas sociales que las asistan integralmente, no que les den 150 o 200 pesos y pretendan que vivan con eso”.
En cambio, según Daniela García, si no estamos hablando de explotación, no es negativo que al pibe genere un ingreso que ayude a su familia, siempre que esto le aporte a su subjetividad y a construir un futuro sin dejar la escuela, ni sus otros espacios de pertenencia”. Y aclara que “hay una cuestión obvia: habría que lograr que se les garantice a los padres el espacio de trabajo digno, con un sueldo que les permita realmente mantener a sus familias”. Según Alcira Argumedo, “lo ideal sería que el Estado les dé a los chicos el triple de lo que ganan trabajando. Pero eso no sucede. Se les da una miseria, cuando se les da algo. Y bajo la excusa del derecho de los chicos a no trabajar, se fomentan las peores formas de explotación”. “Movimientos como los NATs –agrega- merecen ser apoyados, pero siempre pensando en exigir otras políticas de distribución de la riqueza que hagan que en algún momento no sean neCésarios”.


BAJO EL SOL

-¡Dale nene!- Tamara giró la cabeza sin detenerse. Los ojos oscuros de Claudia se clavaron en ella con la fugacidad y la fuerza de un relámpago y luego miró a César:
-Tené cuidado cuando cruzás- sabía que no siempre los conductores respetan los semáforos de 7 y 32.

El pibe se pasó la mano por el pelo rubio, se acomodó la camiseta de Estudiantes, que, como tenía el cuello estirado le dejaba un hombro al aire, y caminó hasta el primer auto, del lado de la vereda. Claudia, cargando a Victoria, de cuatro meses, encaró hacia la fila de la rambla.

César dejó caer su brazo sobre la ventanilla, agachó la cabeza:

-¿Me das una moneda?
Sin bajar el vidrio, una mujer de abultada cabellera rojiza que charlaba con el hombre que conducía, hizo un rápido gesto con la mano. El muchacho se alejó unos pasos y la imitó. Tamara, que lo miraba a la distancia, comenzó a reír y repitió el ademán.
Al terminar la fila tenía algunas monedas y cruzó la calle con prisa, hasta donde estaba su mamá. Abrió la mano y las monedas fueron a parar a la falda de ella, sobre la tela floreada de su pollera. César tomó un sorbo de agua de la botella que estaba apoyada contra un árbol, y se sentó a la sombra junto a sus hermanos.
Claudia contó el dinero dos veces, lo guardó en el bolso y se secó la frente. Los chicos seguían sentados, jugando con unos palitos que César se había tomado el trabajo de pelar con los dientes y Claudia los observaba en silencio. “Es más seguro que estén conmigo que si se quedan solos en la casa”, pensaba. Desde que César y Tamara empezaron a pedir, ella siempre aclara: “igual, lo que juntan es para ellos”.
Los dos más pequeños se peleaban por un palito. Las lágrimas de Luciano se mezclaban con la transpiración y formaban un oscuro collar en su cuello macizo. El calor era agobiante. Por eso, en verano, sólo se quedaban hasta las 2 de la tarde. En cambio, cuando empezaba a refrescar, la jornada se extendía hasta las 6, para luego emprender el retorno a casa, en el barrio La Unión. 

En eso, Victoria se inquietó y comenzó a retorcerse entre los brazos de su madre.
-Tiene hambre. Claudia metió el buzo de la beba y la botella en el bolso. César repartió los palitos de la disputa y ayudó a Cristian a levantarse. Se cargó a Luciano sobre los hombros y cruzaron la avenida.


COMO LA ESPUMA

Tiró el limpiavidrios dentro del balde, se sacó la gorra y se dejó caer, de espaldas, contra el kiosco de diarios. Fijó sus ojos ausentes en la espuma jabonosa hasta que lo distrajo un joven que le preguntó la hora.

-Diez y media. Dobló una pierna, luego la otra y se levantó. Permaneció unos instantes inclinado, con las manos apoyadas en las rodillas, hasta que se irguió por completo.

Las bocinas y el tráfico se desvanecían, por momentos, en el viscoso microclima de cemento y Mauro imaginaba el campito de fútbol del barrio, donde, al atardecer se prendería a patear un rato con los muchachos. Luego se iría comer y a dormir, porque al otro día, bien temprano, había que levantarse. Su papá lo despertaba a las 6, sin hacer ruido para que sus hermanitos pudieran seguir durmiendo. Luego de tomar un té con un poco de pan, se subía al carro y, desde que empezaba el viaje, allá por Altos San Lorenzo, hasta la esquina de 12 y 54 -donde se quedaba trabajando-, ayudaba a su papá a recoger cartones, botellas y todas esas cosas que nunca entendió por qué la gente tira.

Tampoco comprendió cuando, una tarde, escuchó que, en el noticiero Canal 9 hablaban de “la mafia de los limpiavidrios”, mostrando imágenes de pibes que hacían el mismo trabajo que él, en cualquier esquina de la ciudad.

Mucha gente piensa que los limpiavidrios “andan en algo raro”; pero para él era una forma de ganarse unos pesos. Mauro sabía que sus hermanos no podían salir a trabajar porque todavía eran chicos, en cambio él ya tenía 11 años; y aunque tuvo que dejar la escuela a los 8, estaba convencido de que algún día iba a volver.
Respiró hondo y tiró con fuerza de su remera transpirada para despegarla de la piel. A pocos metros, sonaba tentadora la lluvia de la fuente; pero, cuando el semáforo se puso otra vez en rojo, fueron autos y no agua los que llegaron como un oleaje. Entonces, Mauro volvió a ponerse la gorrita, sacudió el limpiavidrios golpeándolo en el borde del balde y encaró hacia el principio de la fila, caminando a paso firme por el estrecho pasillo, buscando un tesoro en forma de moneda, aunque no son de plata ni de oro.


UNA BRISA EN LA NOCHE

El pibe entró con prisa, girando la cabeza de un lado a otro. Su cuerpo pequeño se perdía bajo una camisa que le llegaba hasta las rodillas y chancleteaba en zapatillas. Se acercó a la mesa de una pareja y extendió la mano.

-¿No me compra una rosa para su novia?
El muchacho sonrió por la audacia del chiquilín.
-¿Cuánto sale?
-Cinco pesos – de inmediato, Pablito miró a la chica: -¿De qué color te gusta? Ella se acomodó el pelo detrás de la oreja y tomó una blanca. Entonces, Pablito, se tiró otro lance:
-¿Me convidás? – el tono de su voz era más débil pero su mirada era fuerte, y no se quitaba de la pizza.
-¿De cuál querés?
-No sé… De ésta -señaló la mitad con tomate.
-Dale, agarrá.
El chico tomó una porción, espió hacia la calle y le dio una mordida.
-Bueno… te pago.
-Sí, sí… -había apoyado las flores en un banco y, sin soltar la porción de pizza, tomó el billete.
-¿Cuántos años tenés?
-Diez. -se limpió la mano en la camisa, le entregó el vuelto y se fue.
-Chau.
-Chau.
Tomó las flores y salió del bar, con la pizza en la mano. Se acercó a una chica que estaba con dos pibes sentada en el cordón de la vereda. Todos probaron la pizza y él se comió el último bocado. Al rato, comenzaron a caminar y se perdieron entre la oscuridad y la gente.


DESVIAR LA MIRADA

-¿Vamos? -me dijo, moviendo la cabeza en dirección a la plaza. Miré su rostro moreno y comencé a caminar a su lado, sin saber a dónde estábamos yendo. Hicimos los primeros metros en silencio. No entendía bien lo que estaba pasando, pero no quise mostrarme inseguro. Noté que no me llegaba ni al hombro. Su piel era brillante y su pelo mojado se bamboleaba esparciendo olor a shampoo por el aire.
-¿Cómo te llamás?
-Claudia. ¿Y vos?
-Héctor. ¿Vivís cerca?
-No, soy de barrio Jardín.
-¿Y qué andás haciendo por acá?
-Vengo de visitar a un cliente.
Recién ahí entendí su mirada, su sonrisa, el “¿vamos?”. Ahora ya sabía a dónde. Con su rostro sin maquillaje, pero vestida como para ir a bailar, contrastaba con la luz del día. Su panza –que no se parecía a la de las modelos de la tele– se asomaba entre la solera y la minifalda. Cada vez que la miraba me parecía más y más chica.
-¿Cuántos años tenés?
-16
“16”, me repetí para mis adentros y pensé en el “cliente”. Sentí rabia o desprecio por ese hombre… y también por mí.
-¿Tenés cigarrillos?
-No, no fumo -le respondí mientras pensaba cómo salir de la situación.
-Sabés… eh… Si no te jode, te acompaño unas cuadras… pero… nada más...
-Bueno, como quieras – levantó los hombros, sonrió y volvió a decirme que tenía ganas de fumar.
-¿Sabés dónde hay un kiosco por acá?
-Si, en la esquina de la plaza. Te acompaño.
-Bueno, dale.
Caminamos unos pasos y volvió a preguntarme de dónde era, pero no quería hablar de mí. Sólo quería saber más sobre ella.
-¿Hace mucho que trabajas en “esto”?
-Hace un año.
-¿Y por dónde trabajas?
-Por acá, por la plaza, pero a veces voy a la casa de los clientes.
-¿Vivís sola?
-No, con mi nena y mi mamá.
-¿Tenés una nena?
-Si, de un año y medio.
-¿Cómo se llama?
-Guadalupe. Mi mamá me la cuida mientras yo voy a trabajar.
-¿Qué cigarrillos querés?
-Marlboro.
Le compré un paquete de 20 y se lo di.
-No te entiendo.
-¿Por qué?
-No querés hacer nada pero me comprás cigarrillos… Sos raro.
-Lo hago de onda.
-Bueno, qué sé yo. No hay mucha gente que haga las cosas de onda.
Caminamos un poco más; charlamos y reímos… Y llegamos a la mitad de la plaza.
-Bueno, acá me quedo.
Me dio un beso suave y húmedo casi sobre los labios, me miró con una sonrisa picara y susurró:
-Bueno, yo siempre ando por acá. Así que si algún día querés verme...
-Dale. Yo también ando siempre por acá. Así que si un día necesitas algo, avisame. Empezamos a caminar en direcciones opuestas.
Pensé detenerme y ver si todavía estaba ah, esperando que alguien le sonriera. No lo hice. Preferí seguir caminando. Retomé mi camino y mi vida, pensando “pobre piba”, pero sin hacer nada por ella. Con una frase y un paquete de cigarrillos, creí haber hecho lo suficiente.


Originalmente publicado en la Revista "La Pulseada"

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post