Argentina- ¿cada vez más yanquis?

Publicado en por Héctor Bernardo


La incorporación de expresiones en inglés al lenguaje cotidiano parece no encontrar límites y nos lleva a preguntarnos qué tan importante puede ser la defensa de nuestro idioma, por qué distintas lenguas generan distintas visiones del mundo y cuál es la frontera entre el chovinismo y la defensa de los elementos que nos proporcionan identidad como pueblo.

 

 

 

El constante avance de las tecnologías y el intercambio desigual de bienes culturales naturalizó la incorporación de términos en inglés, provenientes en su mayoría de la cultura estadounidense, a nuestra vida.

Web site, e-mail, home theater, ok, marketing, management, winners, losers, scoring, son sólo algunas de las expresiones de la interminable lista que día a día se amplia y que por lo visto abre el camino para la instalación de una nueva forma de mirar el mundo.

En Argentina, esta situación se ha vuelto tan evidente que llevó al humorista nacional más reconocido de 2008, Diego Capusotto, a insertar dentro de su programa al menos dos personajes con los que parodia la forma de hablar de algunos jóvenes.

Por su parte, en el ámbito musical, el grupo Resistencia Suburbana también se hizo eco de esta problemática al lanzar un tema titulado “Cada vez más yankees”, en el que se enumera una lista interminable de expresiones en la lengua de William Shakespeare.

Pero, más allá de puntuales expresiones artísticas que pueden ironizar en mayor o menor grado sobre este tema, si tenemos en cuenta que el leguaje no sólo describe al mundo, sino que lo crea y, por ende, distintos idiomas representan maneras diferentes de ver lo que nos rodea, disímiles idiosincrasias e ideologías, esta situación comienza a tomar matices preocupantes.

En tal sentido, Claudio Gómez, vicedecano de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, señaló que “la incorporación de términos en inglés a nuestra vida cotidiana está directamente relacionada con el avance de las tecnologías. En consecuencia, quienes se ven afectados de manera más directa son los jóvenes, pues son ellos quienes más contacto tienen con estas nuevas tecnologías”.

“Cuando uno va caminando por Buenos Aires – continuó Gómez-, la ciudad más cosmopolita de nuestro país, ve por todos lados carteles en inglés. Esto no sería tan grave, sino fuera que se hace por esnobismo y por un marcado complejo de inferioridad de nuestro idioma frente al inglés. A principios del siglo XX la mirada estaba puesta en Europa y el idioma que hablaban las llamadas clases altas argentinas era el francés, pero desde mediados de siglo eso cambió y comenzó a preponderar la lengua sajona”.

En un mundo globalizado el intercambio de bienes culturales no sólo es inevitable, sino, que, además, puede ser muy enriquecedor. El problema surge cuando ese intercambio está marcado por relaciones tan desiguales como las existentes entre el mercado y la industria cultural estadounidense y la de América Latina.

Un claro ejemplo de ello es que en Argentina la mayoría de las personas no se equivocaría al responder cuál es la fecha en la que se conmemora la independencia de Estados Unidos y, sin embargo, la proporción sería inversa si se les preguntara la fecha en que se celebra la independencia de países vecinos como Brasil, Bolivia o Paraguay.

Si tenemos en cuenta que, como ya planteaba a fines del siglo XIX el reconocido lingüista Ferdinand de Saussure, el lenguaje no es una simple nomenclatura, sino que lenguaje y mundo son una sola unidad, podemos entender con mayor claridad por qué lo que no se dice no puede ser pensado y que nuestro mundo se acota a lo que podemos expresar.

Un ejemplo básico, pero bastante clarificante, es que los esquimales tienen ocho maneras distintas de llamar a la nieve (depende en que situación se encuentre, su grado de solidez, etc.).

De igual manera, al permitirnos interpretar nuestro entorno, el lenguaje también construye una ideología.

Es en ese sentido que la reconocida doctora en psicoanálisis Silvia Bleichmar, en su libro “Dolor país”, señala que los términos losers (perdedores) y winners (ganadores), expresiones que cada vez son más utilizadas en determinados sectores sociales de Argentina, “pertenecen a las formas con las cuales el capitalismo salvaje va creando modos de vínculos y modos de apreciación de la realidad”.

Más adelante, agrega, que el ser un loser o un winner “se define desde esta perspectiva, en última instancia, por el éxito social alcanzado, en estado puro, más allá de toda valoración de otro orden, nucleándose alrededor de un rasgo que constituye el punto máximo alrededor del cual gira el sistema social de valores: uno no gana porque vale, vale porque gana".

La especialista precisa que "articulando esto alrededor de la capacidad de ganar dinero o de lograr prestigio social, este rango (…) se constituye como el eje de toda posibilidad de reconocimiento, y ello no sólo como propuesta externa, sino como modo mismo de polarización subjetiva, vale decir como modelo y proyecto identificatorio (…), sin que quienes en ello se ven atrapados – como ocurre con el modo general de operar de la ideología – tengan posibilidad de descubrir bajo qué formas esta inserción subjetiva se realiza”.

El lenguaje ha sido utilizado siempre como herramienta de imposición cultural y América Latina sufrió este flagelo desde los tiempos de colonización hasta nuestros días, pasando por dictaduras militares que sumaron a sus listas de perseguidos a las lenguas originarias.

Uno de esos casos afloró durante la dictadura de Alfredo Strossner en Paraguay, cuando en las escuelas, a los chicos que se los oía hablar en guaraní se les obligaba a pararse en el medio del patio con una escoba en señal de que “hablaban la lengua de los sirvientes”, tratando de arrancarles de ese modo los últimos elementos que todavía les permitían sostener sus identidad como pueblo.

En la actualidad, no sólo los términos en inglés se han naturalizados, sino que parte de su gramática se encarnó entre nosotros: podemos ver a muchos periodistas de reconocidos medios argentinos escribir los meses con mayúscula, cuando lo correcto en español es escribirlo con minúscula, o colocan el signo de interrogación o de admiración sólo al cierre de las oraciones, estructuras que pertenecen al idioma inglés.

Carlos Gassmann, profesor adjunto de Teoría y Prácticas de la Comunicación III de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires (UBA), explicó que en primer lugar, el problema no se da cuando se utilizan términos nuevos para cuestiones nuevas (por ejemplo, asociadas a las nuevas tecnologías de información y comunicación).

“El complejo de inferioridad lingüística y el esnobismo se ponen de manifiesto cuando se utilizan términos sajones para designar cuestiones que perfectamente podríamos referir valiéndonos del español”, subrayó.

Gassmann también remarcó que  el propio Estado colabora muy poco cuando llama "scoring" al nuevo sistema de puntaje que impuso a los automovilistas. Y agregó que, por otra parte, la creatividad lingüística sigue su curso aún a partir de estos anglicismos y neologismos, entonces aparecen verbos como "chatear", entre otros. A esto se suma que una fuente permanente de incorporación de términos en inglés es, aparte de la computación, el mundo del "marketing", el "management", los CEO.

“El problema de la tradición- prosiguió Gassmann-, es complejo y resbaladizo. Siempre está el riesgo de caer en una posición reaccionaria. Hay que ver cuáles son los límites dentro de los cuales la cuestión tiene sentido. De lo contrario, como alguien dijo, corremos el riesgo de condenar las transgresiones de hoy en nombre de las transgresiones del pasado. Porque la evolución lingüística, aunque no siempre perceptible, es constante. De otro modo estaríamos todavía hablado latín o, quizás, más atrás todavía, esa hipotética lengua madre indoeuropea”.

“Sin dudas, la cuestión de la lengua no es en absoluto menor. Las relaciones lenguaje-pensamiento son estrechísimas. Lo que no se puede nombrar no se puede pensar", agregó.

Para el profesor, el lenguaje ordinario está cargado de ideología, en él se expresa el resultado transitorio de la lucha hegemónica. Se ve en las batallas por la nominación que está llevando a cabo en las últimas décadas el feminismo, por ejemplo.

 “Pero quizás, más grave que la incorporación, justificada o injustificada, de términos en inglés, es la pobreza lingüística de muchos adolescentes. Si hablan apenas con un promedio de 600 u 800 términos, tienen pocas posibilidades de nombrar, por ende dificultades para pensar y abstraer”, indicó Gassmann.

Por último remarcó que “el declive de la ´galaxia Gutemberg` ha representado hasta este momento un deterioro significativo de la capacidad de abstracción. Lo audiovisual y lo cibernético tienen otras ventajas, seguramente, pero esa capacidad de abstracción sigue siendo vital para demasiadas cosas. De ella se valen los dominadores. Y ha de ser, seguramente, fundamental para contrarrestar la dominación”, concluyó.

Pobreza de vocabulario, esnobismo, sentimiento de inferioridad lingüística, sectores que pretenden diferenciarse del resto de América y parecerse cada día más a comunidades de Europa o Estados Unidos, son realidades que al combinarse generan preocupación y exigen la reflexión de nuestros pueblos.

Si se pretende pensar por una América Latina mejor, más justa e integrada, es hora de que empecemos a buscar en nuestras raíces las palabras para que esa realidad sea posible.



Originalmente publicada por la agencia de noticias "Prensa Latina"
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post